—¡Aquí!... ¡Señora! —exclamó Sola echando la sorpresa por sus ojos con tanta naturalidad que la dama no pudo menos de sorprenderse también—. La han engañado a usted... Apuesto a que Pipaón... ¡Ah!, ese buen don Juan miente más que habla... Todos los días viene contando unas patrañas que nos hacen reír... En cuanto a ese desgraciado, yo creo que no puede ocultarse aquí ni en ninguna parte...

—¿Por qué?

—Yo tengo mis razones para creer... Sí, bien lo puedo asegurar casi sin temor de equivocarme: mi hermano ha muerto.

Parecía que iba a llorar un poco; pero no lloró ni poco ni mucho. La dama vaciló un momento entre la emoción y la incredulidad. Llevose el pañuelo a la boca, como si quisiera poner a raya los suspiros que contra todas las leyes del disimulo querían echarse fuera, y dijo esto:

—¡Válganos Dios, y cómo mata usted a la gente!... Con permiso de usted, no creo...

¡Horrible y nunca oída algazara! Quiso el demonio, o por mejor hablar, doña Crucita, que en el momento de decir la señora no creo, se abriese la puerta del gabinete y diera salida a dos falderillos, un doguito y un pachón, que, soltando a un tiempo el ladrido, atronaron la sala, y como por la misma puerta venía el chillar de los pájaros, y como de añadidura subían por la angosta escalera los tres chicos de Cordero, procedentes de la escuela, se armó un barullo tal, que no lo armara mayor la diosa misma de la jaqueca, caso de que pueda haber tal diosa. Los perros se tiraban a acariciar a los Corderillos, los Corderillos a los perros, y en medio del tumulto se oyó la pacífica voz de don Benigno, que también por la escalera subía diciendo: «orden, silencio, compostura, que hay visita en casa».

Detrás de don Benigno apareció la figura de Zurbarán, a quien llamaban padre Alelí, y con el furor que los chicos ponían en besar la mano del padre y la correa del amigo, se aumentó el estruendo, porque los perros también querían dar pruebas de su veneración con ladridos. Al fin, para que nada faltara, apareció doña Crucita echando toda la culpa de la bulla a los muchachos, y les llamó perros, y a los perros nenes, y a su hermano Borrego de Cristo, y a Sola doña Aquí me estoy, y al buen fraile el Zancarrón de Mahoma.

—Cállate, Cruz del Mal Ladrón —dijo Alelí riendo—, y guarda adentro toda esta jauría de Satanás... ¡Oh! Cuánto bueno por aquí. Sí, ya me ha dicho Benigno que había subido usted a ver la casa. ¿Y qué tal? Tiene magníficas vistas nocturnas el patio, y en jardines colgantes no le ganaría Babilonia, así como en diversidad de alimañas no le ganaría el África entera.

La dama habló un momento de las condiciones de la casa; después se despidió para marcharse, porque era la una, hora sacramental de la comida.

—Un momento, señora —dijo don Benigno, ahuyentando a sus hijos y a los perros—. Aquí tiene usted al buen Alelí con más miedo que un masón delante de las comisiones militares. Usted, que tiene valimiento, puede sacarle de este apuro. Figúrese usted...