—Gracias, gracias, serafín de esta casa. Comprendo muy bien que ese santo varón... Pues, hija de mi alma, quiero despabilarme con este cigarrito, porque necesito hablarte de una cosa grave, delicada, digo mal, archidelicadísima.

A Sola le pasó una nube por la frente, quiero decir que se puso seria y pensativa.

—Tiempo hay de hablar todo lo que se quiera —dijo, inclinada sobre uno de los brazos del sillón en que el religioso estaba—. Duerma su reverencia.

—Bueno, hijita; con tal que me llames a las tres y media...

—Eso es poco. A las cinco.

—No, no. Si me duermo, no podré hablarte del susodicho negocio, y lo he prometido, cordera, he prometido que esta tarde misma...

Esto decía, cuando llegó un corpulento y bellísimo gato, que solía echar sus dormidas en el mismo sillón donde estaba Alelí; y viendo ocupado aquel lugar delicioso, dio algunas vueltas por delante con rostro lastimero. Al fin, discurriendo que había sitio para todos, subió al regazo del fraile, y como encontrara agasajo, se enroscó y se echó a dormir como un bendito.

A poco de esto oyose un ruido estrepitoso, y fue que Juanito Jacobo había cogido una bandeja de latón vieja, que olvidada estaba en la despensa, y venía batiendo generala sobre ella con el palo del molinillo, tan fuertemente que habría puesto en pie, con el estrépito que hacía, a los siete durmientes. Acudió Sola y le trajo prisionero por un brazo.

—¡Condenado chico! ¿No sabes que está tu tía durmiendo la siesta?... Ven acá: suelta eso... Ya, ya es tiempo de que tu padre te mande a la amiga... Ríñale, padre Alelí. No se le puede aguantar. Cuando el señorito está de vena, parece que hay un ejército en la casa.

Diciendo esto, Sola le iba quitando sombrero, bandeja y palo, y después de sentarse le acercó a sí y le acarició, pasando suavemente su mano por los hermosos cabellos del niño.