Para mayor comodidad, Sola le ponía delante una silla para que estirase las piernas, y tras de la cabeza una mofletuda almohada de su propia cama, con lo que el padre estaba tan bien que ni en la misma gloria. Aquella tarde, cuando Sola trajo silla y almohada, el fraile le tomó una mano, y mirándola con sus ojos soñolientos, le dijo:

—Cordera...

Sonriendo como la misma bondad sonreiría, Sola acomodó en la almohada la venerable cabeza, que parecía la de un santo, y dijo así:

—¿Qué me quiere su reverencia?

—Cordera —murmuró el fraile sonriendo también como un bienaventurado—, vete al cuarto de Benigno, y en el chaquetón, bolsillo de la izquierda... ¿entiendes?

—Sí, un cigarrito.

—Se me olvidó pedírselo antes que bajara...

Ni medio minuto tardó la joven en traer el cigarrito, y con él la lumbre para encenderlo.

—Es que quiero echar una fumada para despabilarme, porque desearía no dormir siesta... ¿entiendes, paloma?

Como el fraile estaba con la cabeza echada atrás, en la más blanda y cómoda postura que pueden apetecer humanos huesos, Sola no quiso que se incorporase, y ella misma le encendió el cigarro en el braserillo, no siendo aquella la primera vez que tal cosa hacía. Chupó un poco con la inhabilidad que en tal caso es propia de mujeres (como no sean hombrunas), y cuando logró hacer ascua de tabaco, no sin perder mucha saliva, presentó el cigarro a su amigo, cerrando los ojos por el picor que el humo le causaba en ellos.