—Iba diciendo que Ventura me besó las manos, y después se las besó al padre de la Constitución, que así llama a Gallego la gente apostólica, y de esta manera le calificó en su infame delación el religioso agonizante fray José María Díaz y Jiménez, a quien nuestro soberano llama el número uno de los podencos, por lo bien que huele, rastrea, señala y acusa toda conspiración de esos tontainas de liberales. No sé si os he dicho que, según confesión del buen elefante zamorano, Calomarde le odia más que a un tabardillo pintado, y si no fuera porque don Miguel Grijalva, amigo mío y de Nicasio, vio a Su Majestad y le llevó aquel famoso soneto que hizo Gallego cuando la reina estaba de parto...

—Al grano, al grano, que eso, más que referir sucedidos, es marear a Cristo.

—Un poquitín de paciencia, señores. Yo decía que se llegó a nosotros Veguita, a quien, después del encarcelamiento en nuestra casa, yo no había visto más que dos veces, una en casa de Norzagaray cuando él y sus amigos ensayaban la comedia de Zabala, Faustina y Gerwal, y otra en la Puerta del Sol cuando le llevaban preso por tener la audacia de dejarse las melenas largas, al uso masónico. Por cierto que ese atrevidillo se ha dejado crecer un bigote que no hay más que ver, y con aquellos precoces pelos insulta públicamente a la gente que manda, y hace descarado alarde de liberalismo... En una palabra, queridos: Venturilla y Gallego empezaron a hablar del censor de teatros, reverendo padre Carrillo, y excuso deciros que le pusieron como siete caños porque no deja resollar a los autores. Después..., y aquí entra lo principal de mi cuento...

—Gracias a Dios... Aleluya.

—Pues Veguita dijo una cosa al oído de Gallego..., y después acercose a mí poniéndose de puntillas, porque él es muy pequeño y yo más que regularmente alto, y me dijo también cuatro palabras al oído.

—¿Qué? —preguntó con mucha curiosidad Cordero.

—¡Pues no faltaba más sino que os fuera a revelar lo que se me confió como un secreto!

XII

—¡Barástolis!, que estamos enterados —dijo Cordero comiéndose las últimas almendras del postre.

Pero el famoso Alelí no paró mientes en estas palabras, y empezó a rezar en acción de gracias por la comida. Poco después se habían levantado los manteles, y los muchachos, bien fregoteadas las manos y la boca, tornaron a la escuela. Don Benigno, que acostumbraba dormir muy breve siesta, la suprimió aquel día y bajó sin demora a la tienda, porque la comida había sido más larga que de ordinario. Doña Crucita, que no podía pasarse sin su regalado sueño de dos o tres horas, se fue a su cuarto, llevando en un plato las golosinas con que solía obsequiar en tal hora a sus queridas alimañas, y tras ella se fue Juan Jacobo, con el sombrero del padre Alelí encajado en la cabeza hasta tocar los hombros, y en la mano un látigo que él mismo había hecho con una orilla de paño amarrada al mango roto de un molinillo de chocolate. Alelí buscó el blando acomodo de un sillón que en el testero del comedor estaba, y que parecía decir dormid en mí con la suave hondura de su asiento, la inclinación de su viejo respaldo gordinflón y la curva de sus cariñosos brazos. Allí dormía antaño la siesta doña Robustiana, y allí solía hacer sus digestiones el buen Alelí, las cuales no eran difíciles, por ser él la sobriedad misma.