—Pero cuidado con echar por los cerros de Úbeda.
—Que diga Sola si voy mal.
—Va admirablemente —replicó ella sonriendo—. Eso se llama contar bien, y no falta sino saber lo que dijo ese señor gallego o asturiano.
—Pues dijo que está empleado en la biblioteca del duque de Frías, y que hace poco le fueron a prender por revoltoso, y equivocándose los de policía, en vez de cogerle a él, cogieron al archivero y le plantaron en la cárcel. Cuando el rey lo supo se rio mucho, y dijo a Calomarde: Tan malos sois como tontos. Después, Gallego fue a ver al rey, y como este tiene debilidad por los poetas... Ya sabéis cuánto se entusiasma con Moratín. ¡Ah!, hace dos años que murió ese buen hombre, y yo me acuerdo, como si fuera de ayer, de haberle visto trabajando en la platería de su tío el joyero del rey. Creo haberos contado que Moratín tuvo una novia, una tal doña Paquita, hija de la dueña de la casa donde vivía Mustafá. Ya sabéis que así llamábamos al pobre Juan Antonio Conde, por ser escritor de cosas de moros.
—Nos lo ha contado unas doscientas veces —dijo Cordero al oído de Sola.
—No sabíamos eso —añadió esta en voz alta, para no desanimar al bondadoso fraile—. ¿Conque Moratín...?
—Sí, hija mía: estuvo enamorado de esa doña Paquita, habitante en la calle de Valverde con su madre, la señora doña María Ortiz, que fue el pintiparado modelo de la saladísima doña Irene de El sí de las niñas. Moratín ya no era mozo, y doña Paquita apenas tendría los dieciocho años, es decir, que con veinte de por medio entre los dos, ¡qué había de suceder...! Leandro, enamorado como suelen estarlo los machuchos que se reverdecen, la niña afectando acceder por timidez, por hipocresía o por agradecimiento, hasta que vino el desengaño, un desengaño cruel, horrible...
—¡Barástolis...! Señor don Plomo —exclamó Cordero con repentino enfado—, que estamos hartos de oírle contar lo de Moratín y doña Paquita. ¿Qué tiene eso que ver ni con el amigo que encontró en Majaderitos, ni menos con el democracio que está escondido en la Trinidad?
—A ello voy, a ello voy, señor don Azogue —replicó Alelí enojándose también—. Pues qué, ¿no se han de contar los antecedentes de los sucesos? Precisamente iba a decir que en el momento de despedirme de Gallego acertó a pasar ese muchacho americano, Veguita, un enredadorzuelo que dio que hablar cuando aquella barrabasada de los Numantinos, y fue castigado con dos meses de encierro en nuestra casa para que le enseñáramos la doctrina. El tal es de buena pasta. Pronto le tomamos afición. Cantaba con nosotros en el coro y rezaba las horas. Yo le daba golosinas y le hacía leer y traducir autores latinos, y él me leía sus versos o me representaba trozos de comedias. Esto lo hace tan perfectamente, que si mucho tiene de poeta, más tiene de cómico. Yo le animaba para que abandonase el mundo y entrase en la Orden... ¡Oh, amigos míos!... ¡Cuando uno considera que en nuestra Orden vivió y murió el primero de los predicadores del mundo, fray Hortensio Paravicino, cuya celda ocupo en la actualidad...!
—Que te descarrías, que te pierdes —dijo riendo don Benigno—. Por Dios, querido padre mío, ya está usted otra vez a setecientas leguas de su cuento.