El padre Alelí amenizó la comida con su charla, que habría sido la más sabrosa del mundo, si por efecto de los muchos años no tuviera la cabeza tan desvanecida y descuadernada que todo era desorden y divagaciones en sus discursos. Sucedía que el buen señor empezaba a contar una cosa, y sin saber cómo se escurría fuera del tema principal, y pasando de un incidente a otro, hallábase a lo mejor a cien leguas del punto a donde quería ir. Era hombre que antes de llegar a la decrepitud, tuvo una memoria fresquísima y una chispa especial para contar cosas pasadas y presentes; pero estaba ya tan débil de cascos, que de aquel recordar prodigioso y de aquel arte admirable para la narración ya no quedaba más que una facundia deshilvanada, un chorrear de ideas y palabras, y un grandísimo enfado si alguien le interrumpía o intentaba llamarle al orden.
—Puesto que queréis conocer el caso del democracio que se ha metido por las puertas de mi celda —dijo al principiar la comida—, os lo voy a contar como se deben contar las cosas, con todos sus pelos y señales. Empecemos por donde debe empezarse. Pues, señor..., iba yo por la calle de Carretas arriba, y al llegar a la esquina de Majaderitos veo que viene hacia mí un elefante con los brazos abiertos. Era para causar espanto a cualquiera la acometida de aquel monstruo con sotana y manteo; pero yo, que conozco a mis fieras, me dejé abrazar y le abracé también con mucho gozo. «¿Cómo va? Bien, ¿y tú, gigantón?...». En fin, para no cansar, era Juan Nicasio Gallego. Ya sabéis que fue discípulo mío en Salamanca, donde leí sagrados cánones por los años de 792 a 794. Era entonces Nicasio el jayán más guapote que había salido de la tierra del garbanzo; sus disposiciones eran grandes, tan grandes como su pereza, y hubiéramos tenido en él un acabado canonista si no cayera en la tentación de enamorarse de Horacio y Virgilio, fomentadores de la holgazanería. El bribón de Meléndez le tomó mucho cariño, y lo mismo el calzonazos de Iglesias, que fabricó su reputación con chascarrillos... Yo digo que si Iglesias no se llega a morir a los treinta y ocho años, hubiera puesto el Breviario en epigramas... Pero sigo contando con orden. Quedamos en que una tarde paseábamos por el Zurguén el maestro Peláez, Meléndez, Gallego y yo. Por aquellos días había venido la noticia de la degollación de Luis XVI, y estábamos consternados, muy consternados, atrozmente consternados. A mí no me digan, ¿hay en la historia antigua ni moderna un crimen tan atroz?...
—Por vida de Sancho Panza —dijo don Benigno riendo—, que eso se parece al cuento del hidalgo y el labrador... ¿A dónde va usted a parar con sus divagaciones, ni qué tiene que ver Luis XVI con el poeta zamorano?...
—Allá voy, hombre, allá voy —replicó Alelí muy amostazado—. Yo sé lo que cuento y no necesito de apuntadores.
—Sepamos ante todo lo que le dijo Gallego en la esquina de Majaderitos, si es que esto tiene algo que ver con el cuento del democracio.
—Seguramente tiene que ver. Gallego es también un grande y descomedido democracio, y a eso iba... Pues me contó Juan Nicasio cómo le está engañando Calomarde, fingiéndole protección, y cómo el rey le ha prometido no sé cuántas prebendas sin darle ninguna. Además, el hombre está temblando porque le han delatado por francmasón, y bien sabemos todos que el año 8 fue empleado de los liberales en Cádiz, y el año 10 diputado en las pestíferas Cortes.
—Eso de pestíferas no pasa —exclamó Cordero, dando un golpe en la mesa con el mango del tenedor—. Repórtese el fraile o se sabrá quién es Calleja.
—Vete con dos mil demonios.
—Siga el cuento.
—Sigo, y no interrumpirme.