Esto decía, cuando Juan Jacobo, cansado de estarse quieto tanto tiempo y no teniendo interés en la conversación, empezó a tirarle de los bigotes al gato, que dormido estaba en la falda del fraile. Sentirse el animal tan malamente interrumpido en su sueño de canónigo y empezar a dar bufidos y a sacar las uñas, fue todo uno. Alborotose el fraile con los rasguños, y dio un coscorrón al chico; Sola le aplicó dos nalgadas, y todo concluyó con enfadarse el muchacho y coger el gato en brazos y marcharse con él a un rincón, donde le puso el sombrero del mercedario para que durmiera.

—Eso es, sí, está mi sombrero para cama de gatos —refunfuñó Alelí.

—¡Jesús qué criatura!... Le voy a matar —dijo Sola amenazándole con la mano—. Trae acá el sombrero.

Juan trajo el sombrero, y aprovechándose del interés que en la corversación tenían el fraile y la joven, rescató su molinillo y su bandeja y bajó a la tienda para escaparse a la calle.

—Vaya con la tonta —dijo Alelí continuando su interrumpido tema—. ¡Si Benigno es un muchacho, un chiquillo...! ¡Si me parece que fue ayer cuando le vi arrastrándose a gatas por un cerrillo que hay delante de su casa...! ¡Qué piernazas aquellas, qué brazos y qué manotas tenía! ¡Y cómo se agarraba al pecho de su madre, y qué mordidas le daba el muy antropófago! Yo le cogía en brazos y le daba unos palmetazos en los muslos... Sabrás que fui al pueblo a restablecerme de unas intermitentes que cogí en Madrid cuando vine a las elecciones de la Orden. Entonces conocí al bueno de Jovellanos, un Voltaire encubierto, dígase lo que se quiera, y al conde de Aranda, que era un Pombal español, y a mi señor don Carlos III, que era un Federico de Prusia españolizado...

—Al grano, al grano.

—Justo es que al grano vayamos. Cuando Nicolás Moratín y yo disputábamos...

—Al grano.

—Pues digo que Benigno es un mozalbete. ¿No ves su arrogancia, su buen color, sus bríos? Bah, bah... Oye una cosa, hijita: Benigno se casará, tú te quedarás sola, y entonces será bien añadir a tu nombre otra palabra, llamándote Sola y Monda en vez de Sola a secas. Pero aquí viene bien darte un consejo... ¿Sabes, hija mía, que me está entrando un sueño tal, que la cabeza me parece de plomo?

—Pues deme su reverencia el consejo y duérmase después —repuso ella con impaciencia.