—El consejo es que te cases tú también, y así, del matrimonio de Benigno no podrá resultar ninguna desgracia... ¡Qué sueño, santo Dios!
Sola se echó a reír.
—¡Casarme yo!... Qué bromas gasta el padrito.
—Hija, el sueño me rinde... no puedo más —dijo Alelí luchando con su propia cabeza, que sobre el pecho se caía, y tirando de sus propios párpados con nervioso esfuerzo para impedir que se cerraran cual pesadas compuertas.
—Otro cigarrito.
—Sí..., chupetón..., humo —murmuró Alelí, cuya flaca naturaleza era bruscamente vencida por la necesidad del reposo.
XIII
Sola corrió a buscar el despertador, y a su vuelta encontró al pobre religioso más que medianamente dormido, la cabeza inclinada a un lado, la boca entreabierta, roncando como un viejo y sonriendo como un niño. No quiso despertarle, aunque tenía curiosidad por saber en qué pararía aquel asunto del casamiento de su protector. Sospechaba la intención del fraile y todo el intríngulis de aquella conferencia cortada por el sueño, y se reía interiormente, considerando los rodeos y la timidez de su protector.
Acomodó la cabeza del anciano en la almohada, le puso una manta en las piernas para que no se enfriase, y le dejó dormir. Sentada en una silla al pie de La Creación, le miró mucho, cual si en el semblante frailesco estuvieran estampadas y legibles las palabras que Alelí había dicho y las que no había tenido tiempo de decir. Profundo silencio reinaba en el comedor. Oíase, sin embargo, el paseo igual y sereno de la péndula y un roncar lejano, profundo, que tenía algo de la trompa épica, y era la melopea del sueño de doña Crucita, cantada en tonante estilo por sus órganos respiratorios. Los del reverendo Alelí no tardaron en unir su voz a la que de la alcoba venía, y sonando primero en aflautados preludios, después en rotundos períodos, llegaron a concertarse tan bien con la otra música, que no parecía sino que el mismo Haydn había andado en ello.
Entre las dos ventanas de la pieza, que recibían de un patio la poca luz de que este podía disponer, había un armario lleno de loza fina, tan bien dispuesta, que bastaba una ojeada para enterarse de las distintas piezas allí guardadas. Las copas, puestas en fila y boca abajo, sustentando cada cual una naranja, parecían enanos con turbante amarillos. En todas las tablas, las cenefas de papel recortado caían graciosamente formando picos como un encaje, y de este modo los arabescos de la loza tenían mayor realce. Algunas cafeteras y jarras echaban hacia fuera sus picos como aves que, después de tomar agua, estiran el cuello para tragarla mejor, y las redondas soperas se estaban muy quietas sobre su plato, como gallinas que sacan pollos. En el chinesco juego de té que regalaron a don Benigno el día de su santo, las tacitas puestas en círculo, semejando la empolladura recién salida y piando junto a la madre. Un alto y descomedido botellón, cuya boca figuraba la de un animalejo, era el rey de toda aquella muchedumbre porcelanesca; diríase que amenazaba a las piezas vasallas con cierta ley escrita en el fondo de una fuente. Era un letrero dorado que decía: «Me soy de Benigno Cordero de Paz. Año de 1827».