—Tome usted asiento —añadió Cordero, dejando su silla, que era la más cómoda de la tienda, para ofrecérsela a la joven—. Ayude usted mi flaca memoria. ¿Qué nombre tiene nuestra nueva reina?
—María Cristina.
—Eso es... María Cristina... ¡Cómo se me olvidan los nombres!... Dícese que este casamiento nos va a traer grandes felicidades, porque la napolitana... pásmese usted...
El héroe, después de mirar a la puerta para estar seguro de que nadie le oía, añadió en voz baja:
—Pásmese usted... es una francmasona, una insurgente, mejor dicho, una real dama en quien los principios liberales y filosóficos se unen a los sentimientos más humanitarios. Es decir, que tendremos una reina domesticadora de las fierezas que se usan por acá.
—A mí me han dicho que ha puesto por condición para casarse que el rey levante el destierro a todos los emigrados.
—A mí me han dicho algo más —añadió Cordero, dando una importancia extraordinaria a su revelación—: a mí me han dicho que en Nápoles bordó secretamente una bandera para los insurrectos de... de no sé qué insurrección. ¿Qué cree usted? La mandan aquí, porque si se queda en Italia da la niña al traste con todas las tiranías... Que ella es de lo fino en materia de liberalismo ilustrado y filosófico me lo prueba, más que el bordar pendones, el odio que le tiene toda la turbamulta inquisidora y apostólica de España y Europa y de las cinco partes del globo terráqueo. ¿Estaba usted anoche aquí cuando el señor de Pipaón leyó un papel francés que llaman la Quotidienne? ¡Barástolis! ¡Y qué herejías le dicen! Ya se sabe que esa gente, cuando no puede atacar nuestro sistema gloriosísimo a tiros y puñaladas, lo atacan con embustes y calumnias. Bendita sea la princesa ilustre que ya trae el diploma de su liberalismo en las injurias de los realistas. Nada le falta, ni aun la hermosura; y para juzgar si es tan acabada como dicen los papeles extranjeros, vamos usted y yo a darnos el gustazo de verla entrar.
La persona a quien de este modo hablaba el tendero de encajes, no tenía un interés muy vivo en aquellas graves cosas de que pendía quizás el porvenir de la patria; pero llevada de su respeto a don Benigno, le miraba atenta y pronunciaba un sí al fin de cada parrafillo. Conocida de nuestros lectores desde 1821,[1] esta discreta joven había pasado por no pocas vicisitudes y conflictos durante los ocho años transcurridos desde aquella fecha liberalesca hasta el año quinto de Calomarde en que la volvemos a encontrar. Su carácter, altamente dotado de cualidades de resistencia y energía, que son como el antemural que defiende al alma de los embates de la desesperación, era la causa principal de que las desgracias frecuentes no desmejorasen su persona. Por el contrario, la vida activa del corazón, determinando actividades no menos grandes en el orden físico, le había traído un desarrollo felicísimo, no solo por lo que con él ganaba su salud, sino por el provecho que de él sacaba su belleza. Esta no era brillante ni mucho menos, como ya se sabe, y más que belleza en el concepto plástico era un conjunto de gracias accesorias, realzando y como adornando el principal encanto de su fisonomía, la expresión de una bondad superior.
[1] Véase El Grande Oriente.
La madurez de juicio y la rectitud en el pensar, el don singularísimo de convertir en fáciles los quehaceres más enojosos, la disposición para el gobierno doméstico, la fuerza moral que tenía de sobra para poder darla a los demás en días de infortunio, la perfecta igualdad del ánimo en todas las ocasiones, y, finalmente, aquella manera de hacer frente a todas las cosas de la vida con serenidad digna, cristiana y sin afán, como quien la mira más bien por el lado de los deberes que por el de los derechos, hacían da ella la más hermosa figura de un tipo social que no escasea ciertamente en España, para gloria de nuestra cultura.