—Los que no la ven a usted desde el año 24 —le dijo aquel mismo día don Benigno, observándola con tanta atención como complacencia—, no la conocerán ahora. Me tengo por muy feliz al considerar que en mi casa ha sido donde ha ganado usted esos frescos colores de su cara, y que bajo este techo humilde ha engrosado usted considerablemente... digo mal, porque no está usted como mi pobre Robustiana ni mucho menos..., quiero decir, proporcionadamente, de un modo adecuado a su estatura mediana, a su talle gracioso, a su cuerpo esbelto. Beneficios de la vida tranquila, de la virtud, del trabajo, ¿no es verdad?... Todos los que la vieron a usted en aquellos tristes días, cuando a entrambos nos pusieron a la sombra y colgaron al pobre Sarmiento...

Este recuerdo entristeció mucho a la joven, impidiendo que su amor propio se vanagloriase con los elogios galantes que acaba de oír. Eran ya las once de la mañana, y vestida como en día de fiesta para acompañar a don Benigno, esperaba en la tienda la señal de partida.

—Aguarde usted: voy a hacer un par de asientos en el libro —dijo este sentándose en su escritorio—. Todavía tenemos tiempo de sobra. Iremos a la casa de don Francisco Bringas, de cuyos balcones se ha de ver muy requetebién toda la comitiva. Los pequeños se quedarán con mi hermana, y llevaremos a Primitivo y a Segundo. ¿Están vestidos?

Los dos muchachos, de doce y diez años respectivamente, no tenían la soltura que a tal edad es común en los polluelos de nuestros días: antes bien, encogidos y temerosos, vestidos poco menos que a mujeriegas, representaban aquella deliciosa perpetuidad de la niñez que era el encanto de la generación pasada. Despabilados y libertinos en las travesuras de la calle, eran dentro de casa humildes, taciturnos y frecuentemente hipócritas.

Gozosos de salir con su padre a ver la entrada de la cuarta reina, esperaban impacientes la hora; y formando alrededor de la joven grupo semejante al que emplean los artistas para representar a la Caridad, la manoseaban so pretexto de acariciarla, le estrujaban la mantilla, arrugándole las mangas y curioseando dentro del ridículo. A cada instante acudía la joven a remediar los desperfectos que los dos inquietos y pegajosos muchachos se hacían en su propio vestido, y ya atando el uno la cinta de la gorra o cachucha, o abotonándole el casaquín, ya asegurando al otro con alfileres la corbata, no daba reposo a sus manos ni podía quitárseles de encima.

—No seáis pesados —les dijo con enfado su padre— y no sobéis tanto a nuestra querida Hormiguita. Para verla, para darle a entender que la queréis mucho, no es preciso que le pongáis encima esas manazas... que sabe Dios cómo estarán de limpias, ni hace falta que la llenéis de saliva besuqueándola...

Esta reprimenda les alejó un poco del objeto de su adoración; pero siguieron contemplándola como bobos, cortados y ruborosos, mientras ella, la sonrisa en los labios, reparaba tranquilamente las chafaduras de su vestido y las arrugas del encaje, para abrir luego su abanico y darse aire con aquel ademán ceremonioso y acompasado, propio de la mujer española.

Entre tanto, allá arriba, en la vivienda de la familia, oíase batahola y patadillas con llanto y becerreo, señal del pronunciamiento de los dos Corderos menores, Rafaelito y Juan Jacobo, rebelándose contra la orden que les dejaba encerrados en casa, en la fastidiosa compañía de la tía Crucita.

—Ya escampa —dijo Cordero señalando al techo con el rabo de la pluma—: oiga usted al pueblo soberano que aborrece las cadenas... Verdad que mi hermana no es de aquellas personas organizadas por la naturaleza para hacer llevadero y hasta simpático el despotismo.

Y dejando por un momento la escritura, entró en la trastienda, dirigiendo hacia arriba, por el hueco de la tortuosa escalerilla, estas palabras: