—Cruz y Calvario, no les pegues, que harta desazón tienen con quedarse en casa en día de tanto festejo.

—Idos de una vez a la calle y dejadme en paz —contestó de arriba una voz nada armoniosa ni afable—, que yo me entenderé con los enemigos. Ya sé cómo he de tratarles... Eso es, marchaos vosotros, marchaos al paseíto tú y la linda Marizápalos, que aquí se queda esta pobre mártir para cuidar serpentones y aguantar porrazos, siempre sacrificada entre estos dos cachidiablos... Idos enhorabuena..., a bien que en la otra vida le darán a cada cual su merecido.

Violento golpe de una puerta fue punto final de este agrio discurso, y en seguida se oyeron más fuertes las patadillas infantiles de los Corderos y el sermoneo de la pastora.

—Siempre regañando —dijo don Benigno con jovialidad— y arrojando venablos por esa bendita boca, que, con ser casi tan atronadora como la de un cañón de a ocho, no trae su charla insufrible de malas entrañas ni de un corazón perverso. Mil veces lo he dicho de mi inaguantable hermana, y ahora lo repito: «es la paloma que ladra».

Esto lo dijo Cordero guardando en su lugar las plumas con el libro de cuentas y todos los trebejos de escribir, y tomó después con una mano el sombrero para llevarlo a la cabeza, mientras la otra mano transportaba el gorro carmesí de la cabeza a la espetera en que el sombrero estuvo.

—Vámonos ya, que si no llegamos pronto, encontraremos ocupados los balcones de Bringas.

La joven alzaba la tabla del mostrador para salir con los chicos, cuando la tienda se oscureció por la aparición de un rechondo pedazo de humanidad que casi llenaba el marco de la puerta con su bordada casaca, sus tiesos encajes, su espadín, su sombrero, sus brazos, que no sabían cómo ponerse para dar a la persona un aspecto pomposo en que la rotundidad se uniera con la soltura.

—Felices, señor don Juan de Pipaón —dijo don Benigno observando de pies a cabeza al personaje—. Pues no viene usted poco majo... Así me gusta a mí la gente de corte... Eso es vestirse con gana y paramentarse de veras. A ver, vuélvase usted de espaldas... ¡Magnífico! ¡Qué faldones!... A ver de frente... ¡Qué pechera! Alce usted el brazo: muy bien. ¡Cómo se conoce la tijera de Rouget! De mis encajes nada tengo que decir..., ¡qué saldrá de esta casa que no sea la bondad misma! Póngase usted el sombrero a ver qué tal cae... Superlative... ¡Con qué gracia está puesta la llave dorada sobre la cadera!... Esas medias serán de casa de Bárcenas... ¡Qué bien hacen las cruces sobre el paño oscuro...! Una, dos, tres, cuatro veneras... Bien ganaditas todas, ¿no es verdad, ilustrísimo señor don Juan?... ¡Barástolis! Parece usted un patriarca griego, un sultán, un califa, el rey que rabió, o el mismísimo mágico de Astracán.

Conforme lo decía iba examinando pieza por pieza, haciendo dar vueltas al personaje como si este fuera un maniquí giratorio. Don Benigno y la joven, no menos admirada que él, ponderaban con grandes exclamaciones la belleza y lujo de todas las partes del vestido, mientras el cortesano se dejaba mirar y en silencio asentía, con un palmo de boca abierta, todo satisfecho y embobado de gozo, a los encarecimientos de su persona.

—Todo es nuevo —observó la damita.