—Todo —repitió Pipaón mirándose a sí mismo en redondo como un pavo real—. Mi destino de la Secretaría de Su Majestad ha exigido estos dispendios.

En seguida fue enumerando lo que le había costado cada pieza de aquel torreón de seda, galones, plumas, plata, encajes, piedras y ballenas, rematado en su cúspide por la carátula más redonda, más alborozada, más contenta de sí misma que se ha visto jamás sobre un montón de carne humana.

—Pero no nos detengamos —dijo al fin—, ustedes salían...

—Vamos a casa de Bringas. ¿Va usted también allá?

—¿Yo? No, hombre de Dios. Mi cargo me obliga a estar en Palacio con los señores ministros y los señores del Consejo para escribir allí a...

Acercó su boca al oído de don Benigno, y protegiéndola con la palma de la mano, dijo en voz baja:

—A la francmasona...

Ambos se echaron a reír, y don Benigno se envolvió en su capa diciendo:

—¡Pues viva la reina francmasona! El desfrancmasonizador que la desfrancmasonice buen desfrancmasonizador será.

—Eso no lo dice Rousseau.