—Pero lo digo yo... Y andando, que es tarde.
—Andandito... —murmuró Pipaón, incrustando su persona toda en el hueco de la puerta para ofrecerla a la admiración de los transeúntes—. Pero se me olvidaba el objeto de mi visita.
—¿Pues no ha venido usted a que le viéramos?
—Sí, y también a otra cosa. Tengo que dar una noticia a la señora doña Sola.
La joven se puso pálida primero, después como la grana, siguiendo con los ojos el movimiento de la mano de Pipaón, que sacaba unos papeles del bolsillo del pecho.
—¿Noticias? Siempre que sean buenas... —dijo Cordero cerrando y asegurando una de las hojas de la puerta.
—Buenas son... Al fin nuestro hombre da señales de vida. Me ha escrito, y en la mía incluye esta carta para usted.
Soledad tomó la carta, y en su turbación la dejó caer; la recogió y quiso leerla, y tras un rato de vacilación y aturdimiento, guardola para leerla después.
—Y no me detengo más —dijo Pipaón—, que voy a llegar tarde a Palacio—. Hablaremos esta noche, señor don Benigno, señora doña Hormiga. Abur.
Se eclipsó aquel astro. Por la calle abajo iba como si rodara, semejante a un globo de luz, deslumbrando los ojos de los transeúntes con los mil reflejos de sus entorchados y cruces, y siendo pasmo de los chicos, admiración de las mujeres, envidia de los ambiciosos, y orgullo de sí mismo.