—Vete, vete de mi celda, terrible democracio... ¿Qué buscas aquí? ¿a qué vienes a España y a Madrid, si no es a que te ahorquen?... ¡Vuélvete a la emigración de donde jamás debiste salir!... ¡Conspirador..., vagabundo!
Doña Sola y Monda se acercó al fraile para oír mejor lo que entre dientes seguía diciendo.
Alelí extendió los brazos, quedándose un buen rato como un crucifijo en sabroso estiramiento de músculos, y con voz clara y entera dijo así:
—Esproncedilla..., busca-ruidos..., mequetrefe, no me comprometas..., vete de mi celda.
Sola se acercó y le tomó una mano.
—¿Pero qué osscuridad es esta? ¿En dónde estoy?
—¡Vaya un modo de dormir y de disparatar! —replicó Sola riendo.
—¿Pues qué, he dormido yo?... Si no he hecho más que aletargarme un instante, cinco minutos todo lo más... Vaya, que se pone pronto el sol en esta dichosa casa... Chiquilla, dame mi sombrero, que me voy.
—Primero voy a traer luz —dijo la Hormiga saliendo.
Al poco rato volvió con una lámpara, cuyos rayos ofendieron la vista del fraile.