—Yo creí que ya habían empezado a crecer los días... ¿Qué hora es? Las cinco y media... Lo dicho, dicho, querida señorita... ¿Reflexionarás en lo que te he manifestado?
—¿Pues qué he de hacer sino reflexionar?
—¿Y comprenderás que se te entra por las puertas la fortuna, y que vas a ser la más dichosa de las mujeres?
—Pues claro que sí.
—¡Bendita seas tú y bendito quien te trajo a esta casa! —exclamó Alelí con acento muy evangélico.
Abriose con no poco estrépito la puerta del comedor, y apareció Crucita de malísimo talante, diciendo:
—No he podido pegar los ojos en toda la tarde con la dichosa conversación de la niña y el fraile.
—Quita allá, Cruz del Mal Ladrón —replicó Alelí—. Lo que ha sido es que con la trompeta de tus roncamientos no me has dejado a mí descabezar un mal sueño.
—Sí, porque a fe que el padrito toca algún cascabelillo sordo cuando duerme... Me habéis tenido toda la tarde despabilada como un lince, primero con la charla de sus mercedes y luego con los piporrazos de su reverencia... ¡Qué importunidad, Santo Dios! Busque usted un momento de tranquilidad en esta casa.
—Cállate, serpiente del Paraíso, que así guardas silencio dormida como despierta, y no hables de eso, que el que más y el que menos, todos, todos repicamos, y abur.