—Es que conviene ponerle a este enemigo una venda y dos cuartos sobre el chichón, que es el mejor medio de curarlo.

Aquella noche don Benigno estuvo muy triste y se pasó algunas horas en su cuarto, sin leer a Rousseau, aunque bien se le acordaba aquel pasaje del libro quinto del Emilio:

«Emilio es hombre, Sofía es mujer... Sofía no enamora al primer golpe de vista, pero agrada más cada día. Sus encantos se van manifestando por grados en la intimidad del trato. Su educación no es ni brillante ni estrecha. Tiene gusto sin estudio, talento sin arte, y criterio sin erudición... La desconformidad de los matrimonios no nace de la edad, sino del carácter...».

Y luego añadía, alterando un poco el texto:

«Sofía había leído el Telémaco, y estaba prendada de él; pero ya su tierno corazón ha cambiado de objeto y palpita por el buen Mentor».

Después Cordero se reía de sí mismo y de su timidez, haciendo juramento de vencerla al día siguiente, pues lo que él sentía era un afecto decoroso, un sentimiento de gratitud y de respeto, y no pasión ni capricho de mozalbete.

Al día siguiente, Sola mostraba excelente humor que rayaba en festivo, lo que dio muy buena espina al héroe de Boteros. Canturreaba entre dientes, cosa que no hacía todos los días, y en su cara se notaba animación, si bien podía observarse que tenía los ojos algo encendidos. Sin duda había visto y aceptado la posibilidad de un destino nuevo, honrado y honroso en extremo, y se complacía en él, creyéndolo dispuesto por Dios con extraordinaria sabiduría. Pero si no se entra en la vida sin llanto, también parece natural que no se entre en las felicidades nuevas sin algo de lágrimas. Los nuevos estados, aunque sean muy buenos y hermosos, no siempre seducen tanto que hagan aborrecible la situación vieja por detestable que haya sido. De aquí venía, sin duda, el que estando de tan buen humor, tuviese en lo encendido de sus ojos el testimonio de haber lloriqueado algo.

O quizás la alegría que mostraba venía más bien de la voluntad que del corazón, como si su espíritu, tan hecho a la observancia de los deberes, hubiese resuelto que convenía estar alegre. La razón sin duda lo mandaba así, y la razón iba siendo la señora de ella... No hay más sino que se dominaba maravillosamente, y lograba alcanzar tan grande victoria sobre sí misma, que era al fin, si es permitido decirlo así, un producto humano de todas las ideas razonables, una conciencia puesta en acción.

Su protector le dijo que aquella tarde se verían los dos en su cuarto para hablar a solas. El héroe se atrevía al fin. Prometió ella ser puntual, y esperó la hora. Pero Dios, que sin duda por móviles altísimos o inexplicables quería estorbar los honestos impulsos del héroe, dispuso las cosas de otra manera. Ya se sabe lo que significan todas las voluntades humanas cuando Él quiere imponer la suya.

Sucedió que poco antes de la hora de comer, Juanito Jacobo, todavía vendado por los chichones del día anterior, andaba enredando con una pelota. Trabáronse de palabras él y su hermano Rafaelito sobre a quién pertenecía el tal juguete. Hay indicios y aun antecedentes jurídicos para creer que el verdadero propietario era el pequeñuelo, y así debió sentirlo en su conciencia Rafael; que tanto imperio tiene la justicia en la conciencia humana aunque sea conciencia en agraz.