Pero de reconocerlo en la conciencia a declararlo, hay gran distancia, y si tal distancia no existiera, no habría abogados ni curiales en el mundo. Por eso Rafael, no sintiéndose bastante egoísta para apandar la pelota, ni bastante generoso para dejársela a su rival, hizo lo que suelen hacer los chicos en estas contiendas, es a saber; cogió la pelota y la arrojó a lo alto del armario del comedor, donde no podría ser alcanzada ni por uno ni por otro.

¡Valiente hazaña la de Rafaelito!... Pero el pequeño Hércules no había nacido para retroceder ante contrariedades tan tontas. ¡Bonito genio tenía él para acobardarse porque el techo esté más alto que el suelo!... Arrastró el sillón hasta acercarlo al armario; puso sobre el sillón una silla, sobre la silla una banqueta, y ya trepaba él por aquella frágil torre, cuando esta se vino al suelo con estruendo, y rodó el chico y se abrió la cabeza contra una de las patas de la mesa.

El laberinto que se armó en la casa no es para descrito. Salió don Benigno, acudió Sola, puso el grito en el cielo Crucita, ladraron todos los perros, maldijo la criada todas las pelotas habidas y por haber, lloró Rafael, gimieron sus hermanos, y el herido fue alzado del suelo sin conocimiento. Pronto volvió en sí, y la descalabradura no parecía grave, gracias a la mucha sangre que salió de aquella cabezota. En tanto que Sola batía aceite con vino, y la criada, partidaria de otro sistema, mascaba romero para hacer un emplasto, doña Crucita, que en todas estas ocasiones se remontaba siempre al origen de los conflictos, repartía una zurribanda general entre los muchachos mayores, azotándoles sin piedad uno tras otro. Los perros seguían chillando, y hasta la cotorra tuvo algo que decir acerca de tan memorable suceso.

Toda la tarde duró la agitación y nadie tuvo ganas de comer, porque el muchacho padecía bastante con su herida. Vino el médico y dijo que, sin ser grave, la herida era penosa y exigía mucho cuidado. No hubo, pues, conferencia entre Cordero y Sola, porque la ocasión no era propicia. Por la noche Juanito Jacobo se durmió sosegadamente. Sola, que en la misma pieza puso su cama, estaba alerta vigilando al enfermito. Ya muy tarde se despertó este intranquilo, calenturiento, pidiendo de beber y quejándose de dolores en todo el cuerpo. Sola se arrojó del lecho medio vestida, y echándose un mantón sobre los hombros salió para llamar a la criada. Levantose esta, y entre las dos prepararon medicinas, encendieron la lumbre, fueron y vinieron por los helados pasillos. A la madrugada, cuando el chico se durmió, al parecer sosegado y repuesto, Sola sintió un frío intensísimo con bruscas alternativas de calor sofocante. Arrojose en su lecho y al punto sintió una postración tan grande que su cuerpo parecía de plomo. La respiración érale a cada instante más difícil, y no podía resistir el agudo dolor de las sienes. La tos seca y profunda añadía una molestia más a tantas molestias, y en su costado derecho le habían seguramente clavado un gran clavo, pues no otra cosa parecía la insufrible punzada que la atormentaba en aquella parte.

La criada, que al punto conoció lo grave de tales síntomas, quiso llamar a don Benigno y a Crucita; pero Sola no consintió que se les molestara por ella. Era la madrugada. Mientras llegaba el día, la alcarreña preparó no sé cuántos sudoríficos y emolientes, sin resultado satisfactorio. Al fin, cuando daban las siete, Crucita dejó las ociosas plumas, y enterada de lo que pasaba, reprendió a la enferma por haberse puesto mala voluntariamente; que no otra cosa significaba el haber tomado aires colados, hallándose, como se hallaba desde hace días, con un catarro más que regular. La avinagrada señora echó por la boca mil prescripciones higiénicas para evitar los enfriamientos, y otros tantos anatemas contra las personas que no se cuidaban. Cuando Cordero se levantó, Crucita, que gozaba en anunciar los sucesos poco gratos, fue a su encuentro y le dijo:

—Ya tenemos otro enfermo en campaña. Sola se ha puesto muy mala.

—¿Qué tiene? —dijo el héroe con repentino dolor, como presagiando una gran desgracia.

—Pues una pulmonía fulminante.

Si lo partiera un rayo, no se quedara don Benigno más tieso, más mudo, más parado, más muerto que en aquel momento estaba. Creía ver su dicha futura, sus risueños proyectos desplomándose como un castillo de naipes al traidor soplo del Guadarrama.

—Veámosla —dijo recobrando la esperanza; y corrió a la alcoba.