Sola le miró con cariñosos y agradecidos ojos. Quiso hablarle, y la violenta tos se lo impedía. Nada pudo decir don Benigno, porque indudablemente el corazón se le había partido en dos pedazos, y uno de estos se le había subido a la garganta. Al fin hizo un esfuerzo, quiso llenarle de optimismo, y echó una forzada sonrisa diciendo:
—Eso no será nada. Veamos el pulso.
¡Ay!, el pulso era tal que Cordero, en la exaltación de su miedo, creyó que dentro de las venas de Sola había un caballo que relinchaba.
—Que venga don Pedro Castelló, el médico de Su Majestad —dijo sin poder contener su alarma—. Que vengan todos los médicos de Madrid... Veamos, apreciable Hormiga: ¿desde cuándo se sintió usted mal?
—Desde ayer tarde —pudo contestar la joven.
—¡Y no había dicho nada!... ¡Qué crueldad consigo mismo y con los demás!
—¡Ya se ve..., no dice nada!... —vociferó Crucita—. ¡Bien merecido le está!... ¿Hase visto terquedad semejante? Esta es de las que se morirán sin quejarse... ¿Por qué no se acostó ayer tarde, por qué? ¡Bendito de Dios, qué mujer! Si ella tuviese por costumbre, como es su deber, consultarme, yo le habría aconsejado anoche que tomara un buen tazón de flor de malva con unas gotas de aguardiente... Pero ella se lo hace todo y ella se lo sabe todo... Silencio, Otelo... Vete fuera, Mortimer... No ladres, Blanquillo.
Y en tanto que su hermana imponía silencio al ejército perruno, el atribulado don Benigno elevaba el pensamiento a Dios Todopoderoso pidiéndole misericordia.
Sin pérdida de tiempo hizo venir al médico de la casa, y a todos los médicos célebres, precedidos por don Pedro Castelló, que era la primera de las celebridades.