Pero allí la opulencia del señor y su misma gravedad de eclesiástico no permitían la confianza y esparcimientos de otras tertulias. La de Cambronero, por el contrario, era de las más agradables y divertidas dentro de los límites de la decencia más refinada.

Era el señor don Manuel María Cambronero varón dignísimo, de altas prendas y crédito inmenso como abogado. Durante muchos años no tuvo rival en el foro de Madrid, y todos los grandes negocios de la aristocracia estaban a su cargo. Fue en su época lo que posteriormente Pérez Hernández y más tarde Cortina. Su señora era castellana vieja, algo chapada a la antigua, y sus hijos siguieron diversos destinos y carreras. Uno de ellos, don José, casó por aquellos años con Doloritas Armijo, guapísima muchacha, cuyo nombre parece que no viene al caso en esta relación, y, sin embargo, está aquí muy en su lugar.

El primer pasante de Cambronero era un joven llamado Juan Bautista Alonso, a quien el insigne letrado tomó gran cariño, legándole al morir sus negocios y su rica biblioteca. Alonso, que más tarde fue también abogado eminente, político y filósofo de nota, tuvo en su mocedad aficiones de poeta, y, por tanto, amistad con todos los poetas y literatos jóvenes de la época. Él fue, pues, quien introdujo en las agradabilísimas y honestas tertulias de Cambronero a Vega, Espronceda, Felipe Pardo, Juanito Pezuela, y, por último, al misántropo, al que ya se llamaba con poca fortuna Duende satírico, y más tarde se había de llamar Pobrecito hablador, Bachiller Pérez de Murguía, Andrés Niporesas, y, finalmente, Fígaro.

El entrometido Pipaón iba también a casa de Cambronero. Jenara, sin que se supiese la causa, había disminuido considerablemente sus tertulias; recibía poquísima gente, y solo daba convites en muy contados días. En cambio, frecuentaba la tertulia de Cambronero, donde hallaba casi todo el contingente de la suya, y además otras personas que no había tratado hasta entonces; tales como don Ángel Iznardi, don José Rives, don Juan Bautista Erro, el conde de Negri y otros varios.

También se veía por allí al joven Olózaga, pasante, como Alonso, en el bufete de Cambronero, si bien menos asiduo en el trabajo. Desde los principios del año andaba Salustiano tan distraído, que no parecía el mismo. Iba a las reuniones como por compromiso o por temor de que al echarse de menos su persona, se le creyese empeñado en conspiraciones políticas. Su mismo padre, don Celestino, se quejaba de sus frecuentes ausencias de la casa. Tal conducta no podía atribuirse sino a dos motivos: política o amores. La familia y los conocidos, inclinándose siempre a lo menos peligroso, presumían que Salustiano andaba enamorado. Su buena figura, su elocuencia, sus distinguidos modales, la misma exaltación de sus ideas políticas y otras prendas de mucha estima, dándole desde su tierna juventud gran favor entre las damas, justificaban aquella idea.

De repente, Jenara dejó de asistir también con puntualidad a las tertulias. El público, que todo lo quiere explicar según su especial modo de ver, comentó aquellas ausencias con cierta malignidad, y hasta hubo quien hablara de fuga al extranjero en busca de apartadas y placenteras soledades, propicias al amor. Se daban pormenores, se referían entrevistas, se repetían frases, y, sin embargo, todo esto y lo demás que se dijo y que no es para contado, era un castillo aéreo levantado por las delicadas manos de la chismografía. Pero acontece que tales obras, con ser de aire, son mucho más fáciles de levantar que de destruir, y aquella iba tomando consistencia de día en día y alzándose más, y engalanándose con torreones de epigramas y chapiteles de calumnias.

XVI

Mediaba el mes de marzo cuando estas hablillas llegaron a su más alto grado. Jenara no recibía a nadie; pero no estaba enferma, porque a menudo se la veía en la calle o paseando en coche, y visitando a personajes de alto copete.

Un día se encontraron ella y Pipaón en la antesala de la Comisión Militar. Jenara salía, Pipaón entraba. Eran las cinco de la tarde, hora excelente para el paseo en aquella estación.

—Iba a su casa de usted —le dijo don Juan—, para prevenirla del peligro que corre...