—¡Yo! —exclamó la dama con gesto de orgullo—. ¿También yo corro peligro?

—También.

—¿Y por qué?

—Salgamos de esta caverna, señora, que si en todas partes oyen las paredes, aquí oyen las ropas que vestimos, hasta la sombra que hacemos sobre el suelo. Vámonos.

—¿Qué hay? —dijo la señora extraordinariamente alarmada—. Quiero ver a Maroto.

—No recibe ahora... Salgamos y hablaremos. Principiaré diciendo a usted que hemos errado en todos nuestros cálculos. Buscábamos a nuestro amigo en casa de Cordero, en el convento de la Trinidad, en la cárcel de Corte, en el parador de Zaragoza, en el sótano de la botica de la calle de Hortaleza, en la habitación del jefe del guardamangier de palacio, y ahora resulta que no estaba en ninguno de estos parajes, sino...

—¿En dónde, en dónde?

—Salgamos de esta casa, señora —añadió Pipaón poniendo el pie en el último peldaño.

—Advierta usted que no digo está, sino estaba.

—Quiere decir que...