—Quiere decir que le han llevado a un sitio de donde ni usted ni yo podremos fácilmente sacarle.

—Bravo, bravísimo, señor don Inservible... —dijo la dama, toda colérica y nerviosa, abriendo con mano firme la portezuela de su coche.

En este había una joven que acompañaba a Jenara en todas sus excursiones, y a la cual, según las lenguas cortesanas, galanteaba el bueno de Pipaón con más calor del que la simple urbanidad consiente. Acomodados los tres en el coche, don Juan dijo a la dama que, siendo largo lo que tenía que contarle, convenía extender el paseo hasta Atocha. Así se convino, y partieron.

—Beso a usted los pies, Micaelita —dijo después el cortesano—. ¿Y cómo está el señor don Felicísimo?

—Furioso con usted porque no ha ido a verle en tres días.

—Esta noche iremos allá. Con estas cosas y el continuo trabajo en que vivimos nos falta tiempo para dar pábulo...

—¿Ahora salimos con pábulos...? —dijo Jenara impaciente y mal humorada—. Basta de pesadeces y dígame usted lo que tenía que decirme.

—Pábulo, sí; digo que no hay tiempo para satisfacer los puros goces de la amistad, ni aun los del corazón.

Micaelita bajó los ojos. Pintémosla en dos palabras. Era fea. Y si no lo fuera, ¿cómo la habría escogido Jenara para ser su inseparable compañera, y usarla cual discreta sombra para hacer brillar más la luz de su hermosura?

—Si empiezan las tonterías, me voy a casa —dijo la dama hermosa—. Vamos, hable usted, don Plomo.