—Paciencia, señora, paciencia. Dígame usted, ¿se permiten las malas noticias?

—Se permite todo lo que sea breve.

—Pues derramemos una lágrima aquí, en este sitio nefando...

Al decir esto, el coche pasaba junto al torreón del Ayuntamiento donde estaba la cárcel de Villa. Micaelita, que para todas las ocasiones tristes llevaba siempre apercibido un paternoster, lo rezó con pausa y devoción. Jenara se puso pálida y sacó su cabeza por la portezuela para mirar la torre.

—¡Allí! —exclamó señalando con el abanico y con sus ojos.

Vuelta a su posición primera, echó un suspiro casi tan grande como el torreón, y habló así:

—Ahora, dígame usted dónde estaba.

—Donde menos creíamos. En casa de Olózaga.

—¿En casa de don Celestino Olózaga?

—Calle de los Preciados.