—Usted bromea: no puede ser —manifestó la dama un poco aturdida—. Veo a Salustiano todos los días y nada me ha dicho.

—Esas cosas no se dicen.

—A mí sí... Hoy me lo dirá.

—No dirá nada, como no hable la torre.

—¿Por qué?... ¿También Olózaga ha sido preso?

—También está allí, ¡ay! —afirmó lúgubremente Pipaón, señalando la parte de la calle que iban dejando a la zaga.

—¡Qué atrocidad! Usted me engaña... Que pare el coche. Quiero entrar en casa de Bringas a preguntarle...

—Guarda, Pablo —dijo el cortesano deteniendo a la señora en su brusco movimiento para avisar al cochero—. El señor Bringas también...

—¿Está allí, en el torreón?

—No, a ese le han puesto en la de Corte.