—Iznardi me dirá algo... Cochero, a casa de Iznardi.

—¿Iznardi?... Ya pedí permiso para dar malas noticias, señora.

—¿También él?

—Y Miyar. Y la misma suerte habría tenido Marcoartú si no hubiera saltado por un balcón.

—Es una iniquidad. Yo hablaré a Calomarde —manifestó con soberbia la dama, echando atrás su mantilla, como si dentro del coche reinase un verano riguroso.

—¡Oh!, sí, hable usted a Su Excelencia —dijo el cortesano, con aquella sonrisa traidora que ponía en su cara un brillo semejante al del puñal asesino al salir de la vaina—. Su Excelencia desea mucho ver a usted.

—¡Dios maldiga a Su Excelencia y a usted! —exclamó Jenara abriendo y cerrando su abanico con tanta fuerza y rapidez que sonaba como una carraca—. Pero todavía no me ha dicho usted lo principal.

—A eso voy. Nuestro amigo llegó aquí, según se supone, pues de cierto no lo sé, con recadillos de Mina, Valdés y demás brujos del aquelarre democrático. Estuvo oculto en Madrid por algunos días; luego pasó a Aranjuez y a Quintanar de la Orden para entenderse con ciertos militares que a estas horas están también a la sombra; regresó después acá, concertando con Bringas, Olózaga, Miyar y compañeros mártires un plan de revolución que si les llega a cuajar, ¡ay mi Dios!, se deja atrás a la de Francia... Nuestro buen amiguito se pinta solo para estas cosas, y andaba por ahí llamándose don No sé cuántos Escoriaza.

—¿Y está usted seguro de que es él?

—Seguro, seguro, no. Ahora será fácil saberlo, porque el Escoriaza está en la cárcel de Villa, y en la causa ha de salir su verdadero nombre... Sigo mi cuento. Un hombre dignísimo, tan enemigo de revoluciones como amante de la paz del reino, se enteró de la trama y avisó a Su Excelencia. Yo he visto las cartas del denunciante, que se firma El de las diez de la noche, y si he decir verdad, su ortografía y su estilo no están a la altura de su realismo. Calomarde recompensó al desconocido dándole fondos para que pudiera seguir la pista a Escoriaza y los suyos, y con esto y un habilidoso examen de todas las cartas del correo, se hizo el hallazgo completo de los nenes, y anoche se les puso donde siempre debieran estar para escarmiento de bobos. Anoche no nos acostamos en Gracia y Justicia hasta no saber que los señores Alcaldes habían salido de su paso. ¡Ah!, esos señores Cavia y Cutanda valen en oro más de lo que pesan. No sé cuál de los dos fue a casa de Olózaga; pero un alguacil me ha contado que en el portal encontraron a Pepe, y mandándole subir, entraron con él en la casa y dieron al pobre don Celestino un susto más que mediano. Hicieron registro escrupuloso, encontrando, en vez de papeles de conspiración, muchas cartas de novias y queridas. Excuso decir que las leyeron todas, porque así cuadraba al buen servicio de Su Majestad, y cuando estaban en esta ocupación dulcísima, ved aquí que entra Salustiano muy sereno, con arrogancia, ya sabedor de que andaba por allí la nariz de los señores Alcaldes. El padre gimió, desmayose la hermana, siguió el registro, dando por resultado el hallazgo de un sable, y a la media noche se llevaron a Salustiano a la Villa, y aquí se acabó mi cuento, arre borriquito para el convento... ¡Pobre Salustiano, tan joven, tan guapo, tan listo, tan simpático! ¡Desgraciado él mil veces, y desgraciado también ese amigo nuestro que ahora se esconde debajo del nombre de Escoriaza! Esta vez no escapará del peligro como tantas otras en que su misma temeridad le ha dado alas milagrosas para salir libre y triunfante... ¡Infelices amigos!