Micaelita, afectada por la tristeza del relato, volvió a cerrar los ojos y a rezar para sí el padrenuestro que tenía dispuesto para cuando lo melancólico de las circunstancias lo hiciera menester. Jenara seguía imprimiendo a su abanico los movimientos de cierra y abre, cuyo ruido semejaba ya, por lo estrepitoso, más que al instrumento de Semana Santa, al rasgar de una tela.
Durante un buen rato callaron los tres. Había entrado el coche en el paseo de Atocha, cuando vieron que por este venía a pie don Tadeo Calomarde, en compañía de su inseparable sombra el Colector de Expolios. Paseaba grave y reposadamente, con casaca de galones, tricornio en facha, bastón de porra de oro, y una comitiva de sucios chiquillos, que admirados de tanto relumbrón le seguían. El célebre ministro, a quien Fernando VII tiraba de las orejas, era todo vanidad y finchazón en la calle. Si en Palacio adquirió gran poder fomentando los apetitos y doblegándose a las pasiones del rey, frente a frente de los pobres españoles parecía un ídolo asiático en cuyo pedestal debían cortarse las cabezas humanas como si fuesen berenjenas. A su lado iba la carroza ministerial, un armatoste del cual se puede formar idea considerando un catafalco de funeral tirado por mulas.
—No le salude usted; ocúltese en el fondo del coche —dijo Pipaón con mucho apuro—. No conviene que la vea a usted.
Mas ella, sacando fuera su linda cabeza y el brazo, saludó con mucha gracia y amabilidad al poderoso ídolo asiático.
—En estos tiempos —dijo la dama al retirarse de la portezuela—, conviene estar bien con todos los pillos.
—Señora, que los coches oyen.
—Que oigan.
Seria, cejijunta, descolorida, Jenara murmuró algunas palabras para expresar el desprecio que le merecía el abigarrado tiranuelo a quien poco antes saludara con tanta zalamería. En seguida dio orden al cochero de marchar a casa.
Pasaban por el Prado, cuando Pipaón dijo con cierta timidez, precedida de su especial modo de sonreír:
—Señora, ¿se permite la verdad?