—Se permite.

—¿Por amarga que sea?

—Aunque sea el mismo acíbar.

—Pues debo decir a usted que no puede ir a su casa.

—¡Que no puedo ir a mi casa!

—No, señora mía apreciabilísima, porque en su casa encontrará al Alcalde de Casa y Corte y a los alguaciles, que desde las dos de la tarde tienen la orden de prender a una de las damas más hermosas de Madrid.

—¡A mí! —exclamó la ofendida, disparando rayos de sus ojos.

—A usted... Triste es decirlo..., pero si yo no lo dijera, sacrificando a la amistad el servicio del rey, la señora tendría un disgustillo. Ya está explicado este buen acuerdo mío de entretener a usted toda la tarde, impidiéndole ir a su casa, y facilitándole, como le facilitaré, un lugar donde se oculte.

—¡Presa yo!... No siento ira, sino asco, asco, señor de Pipaón —exclamó la dama demostrando más bien lo primero que lo segundo—. ¿Por qué me persiguen?

—No sé si será por alguna denuncia malévola, o a causa de los papeles hallados en casa de Olózaga...