—Alto ahí, señor desconsiderado. En casa de Salustiano no se han encontrado papeles de mi letra porque no los hay.
—Perdones mil, señora; no tuve intención...
—¡Presa yo!... Será preciso que me oculte hasta ver... ¡Y yo saludaba a la serpiente!...
La rabia más que el dolor sacó dos ardorosas lágrimas a sus ojos; pero se las limpió prontamente con el pañuelo, cual si tuviera vergüenza de llorar. Después rompió en dos el abanico. Al ver estas lamentables muestras de consternación, Micaelita se conmovió, y sin pensarlo, se le vino a la boca el padrenuestro que de repuesto llevaba. A la mitad lo interrumpió para decir a su amiga:
—Puedes venir a casa.
—Me parece muy bien. Nadie sospechará que el señor Carnicero oculta a los perseguidos de la justicia calomardina... Cochero, a casa de Micaelita.
XVII
Hacia el promedio de la calle del Duque de Alba vivía el señor don Felicísimo Carnicero, del cual es bien que se hable en esta ocasión, no solo porque se prestó a dar asilo a la afligida dama, sino porque dicho señor merece un párrafo entero y hasta un capítulo. Era de edad muy avanzada, pero inapreciable, porque sus facciones habían tomado desde muy atrás un acartonamiento o petrificación que le ponía, sin que él lo sospechara, en los dominios de la paleontología. Su cara, donde la piel había tomado cierta consistencia y solidez calcárea, y donde las arrugas semejaban los hoyos y los cuarteados durísimos de un guijarro, era de esas caras que no admiten la suposición de haber sido menos viejas en otra época. Fuera de esta apariencia de hombre fósil, lo que más sorprendía en la cara de don Felicísimo era lo chato de su nariz, la cual no avanzaba fuera de la tabla del rostro más que lo necesario para que él pudiera sonarse. Y la chateza (pase el vocablo) del señor Carnicero era tal, que no se circunscribía al reino de la nariz, sino que daba motivo a que el espectador de su merced hiciera las suposiciones que vamos a apuntar. Todo el que por primera vez contemplaba al señor don Felicísimo suponía que su rostro había sido hecho de barro o pasta muy blanda, y que en el momento en que el artista le daba la última mano, la máscara se deslizó al suelo, cayendo de golpe boca abajo, con lo que, aplastada la nariz y la región propiamente facial, resultó una superficie plana desde la raíz del cabello hasta la barba. El espectador suponía también que el artista, viendo cómo había quedado su obra, la encontró graciosa, y echándose a reír, la dejó en tal manera.
Ahora pongamos el santo en su nicho. A esta máscara chata, de color de tierra, rugosa y dura, añadamos primero por la parte superior un gorro negro que hasta el campo de las orejas se encaja y tiene su coronamiento en una borlita que ora se inclina al lado derecho, ora al izquierdo. Añadámosle por debajo un corbatín negro, a quien sería mejor llamar corbatón, tan alto, que por ciertas partes se junta con el gorro, dejando escapar algunos cabellos rucios, que a hurtadillas salen a estirarse al aire y a la luz, recordando aún, con tristeza suma, las grasas olientes que han tenido en el pasado siglo. Desde los dominios de la corbata, en cuyas paredes metálicas parece hallar eco la voz de don Felicísimo, pongamos un revuelto oleaje de pliegues negros, el cual, o no es cosa ninguna, o debe llamarse levitón, más que por la forma, por el ligero matiz de ala de mosca que en las partes más usadas se advierte; derivemos de este levitón dos cabos o brazos que a la mitad se enfundan en manguitos verdes con rayas negras como los mandiles de los maragatos, y hagamos que de las bocas de esos manguitos salgan, como vomitadas, unas manos, de las cuales no se ven sino diez taponcillos de corcho que parecen dedos. El resto de la persona no puede verse porque lo ponemos detrás de la mesa, la cual está cubierta de negro hule, que en ciertos sitios pasaría por playa, a causa de la arenilla que en ella se extiende. Es mesa de camilla, y una faldamenta verde la tapa toda honestamente, la cual enagua no se mueve sino cuando el gato entra para enroscarse en la banqueta junto a los pies de don Felicísimo. Encima de la mesa se ve un Cristo pequeño atado a la columna, con la espalda en pura llaga y la soga al cuello, obra de un realismo espantoso y aterrador que se atribuye al célebre Zarcillo. La escultura está a la derecha y vuelve su rostro dolorido y acardenalado al don Felicísimo, cual si le pidiera informes y cuentas, más que de los azotes que le han dado los judíos, de los motivos porque está en aquella mesa y entre tal balumba de legajos como allí se ven. Son papeles atados con cintas rojas, paquetes de cartas y algunos libros de cuentas, cuyas sebosas tapas indican los años que llevan de servicio. La escribanía es de cobre, pues aunque don Felicísimo posee algunas de plata, no las usa, y en la que allí está, los dos cántaros amarillos tienen tinta y arena para seis meses. Las plumas, de puro mosqueadas, no tienen color, y hay un pisapapeles que es la pezuña de un cabrón imitada en bronce, y está tan al vivo que no le falta más que correr.
En aquella mesa escribe casi todo el día el señor Carnicero, a quien el peso de los años no estorba para seguir trabajando; allí toma su chocolate macho con bollo maimón; allí come su cocidito con más de vaca que de carnero, algo de oreja cerdosa y algunas hilachas de jamón que el tenedor busca entre los garbanzos azafranados; allí duerme la siesta, echando la cabeza sobre las orejeras del sillón; allí se le sirve la cena, que empieza invariablemente en migas esponjosas y acaba en guisado de ternera, todo muy especioso y aromático; allí cuenta el dinero, que es, según dicen, el más constante de sus visitadores, y se desliza sin hacer ruido por entre sus dedos alcornoqueños, cual si por virtud rara también el oro se sometiese a tomar las apariencias del corcho o del pergamino en aquel imperio del silencio; allí recibe a los que van a ocuparle, y son por lo general clérigos o frailes, y allí está cuando entran Jenara, Pipaón y Micaelita.