Era ya de noche. Un gran candil de cuatro mecheros, de los cuales solo dos estaban encendidos, echaba luz no muy copiosa, que la pantalla dirigía sobre el pupitre. Al sentir gente, don Felicísimo alzó la pantalla de cobre, y entonces la claridad le hirió de frente en su cara plana, que parecía un bajorrelieve gótico roído por los siglos. Pero esto duró poco tiempo, porque abatiendo la pantalla, volvió la luz a caer forzosamente sobre los papeles como un estudiante desaplicado a quien se obliga a no apartar la vista de los libros.

—¡Oh!..., gratias tibi Domine... Bendito Pipaón, ¿usted por aquí? —dijo don Felicísimo con agrado—. ¡Oh! ¿Es Jenarita? La misma que viste y calza. Sea muy bien venida a esta humilde morada. ¡Cuánto bueno por aquí!

Y alzando la voz, que era chillona y desapacible, prosiguió:

—Sagrario, Sagrario, ven, mira quién está aquí. Micaelita, di a tu tía que venga, y de paso da una voz en la cocina para que me traigan la cena.

Mientras viene doña María del Sagrario, hija del señor don Felicísimo, demos acerca de este señor las noticias que son necesarias. Llevaba más de cuarenta años en la profesión de agente de negocios eclesiásticos, y le había sido tan favorable la fortuna que, según el dicho del público, estaba podrido de dinero. Por los rótulos de los legajos y papeles que sobre su mesa estaban, podía venirse en conocimiento de la multiplicidad de asuntos que bajo el dominio de sus talentos agenciales caían. Contemplaba él con no disimulado embeleso los dichos rótulos, asemejándose, aunque esté mal la comparación, a un borracho que antes de beber se deleita leyendo las etiquetas de las botellas. Por un lado se leía Subcolecturía de Expolios, Vacantes, Medias Annatas y Fondo pío beneficial del obispado de León; por otro, Santa Iglesia Metropolitana de Granada; más allá, Juzgado ordinario de Capellanías, Patronatos, Visita Eclesiástica, etcétera; junto a esto, Tribunal de Cruzada, y al lado, Racioneros medios patrimoniales de Tarazona, Arcedianato de Murviedro o Señores Pabordres de Valencia; al opuesto extremo, Agustinos Descalzos; más lejos, Reyes Nuevos de Toledo, o bien Nuestra Señora del Favor de Padres Teatinos.

Preciso es decir que don Felicísimo se había distinguido siempre por su celo y actividad en despachar los mil y mil asuntos que se le confiaban. Tomábales cariño, mirándolos como cosa propia, y ponía en ellos sus cinco sentidos y su alma toda en tal manera que llegó a identificarse con ellos y a asimilárselos, trayéndolos como a formar parte de su propia sustancia. Así no había en su larga vida suceso ni accidente que no se confundiera con cualquier negocio de su lucrativa profesión, y así jamás contaba cosa alguna sin empezar de este o parecido modo: Cuando el señor Vicario Foráneo de Paterna venía a esta casa, o bien así: Cuando me convidó a comer el padre prepósito de Portaceli...

Otra afición también muy vehemente, aunque secundaria, reinaba en el espíritu de nuestro insigne Carnicero: era la afición a los toros, fiesta que, si no existieran los negocios eclesiásticos, sería para él cosa punto menos que sagrada. Como ya era tan viejo y no salía ya de casa, contentábase con hablar de los toros pretéritos, poniéndolo cien codos más altos que los presentes, y en estas conversaciones también era común oírle decir: Cierto día en que Sentimientos y el señor Rector del Hospital de Convalecencia de Unciones vinieron a buscarme para ir a ver el encierro... u otra frase por el estilo.

La cantidad de dinero que don Felicísimo había ganado en tantos años de actividad, celo y honradez, no era calculable. Hacíanla subir algunos a un número grande de talegas, otros reducían un poco la cifra; pero el vulgo y los vecinos juraban que siempre que se daba un golpe en los tabiques de la casa de Carnicero o en el lienzo de los cuadros viejos que allí tenía, sonaba un cierto tintineo como de monedas anacoretas que en todos los huecos y escondrijos habitaban, huyendo del mundo y sus pompas vanas. Él gastaba poco, tan poco que se había llegado a hacer la ilusión de que era pobre siendo rico. Contaban que para ilusionar a los demás en esta materia se negaba con tenacidad heroica a dar dinero, y ya podían irle con lamentos los menesterosos, que así les hacía caso como si fueran predicadores moros. Únicamente se desprendía de alguna cantidad siempre que mediaran garantías y un módico interés, así como de diez por ciento al mes u otra friolera semejante.

La casa en que vivía era de su propiedad y estaba toda blanqueada, sin papeles ni pinturas, con las vigas del techo apanzadas cual toldo de lienzo. Era de un solo piso alto, antiquísima, y en invierno tenía condiciones inmejorables para que cuantos entraban en ella se hicieran cargo de cómo es la Siberia. Había sido edificada en los tiempos en que la calle del Duque de Alba se llamaba de la Emperatriz, y ya, con tan largos servicios, no podía disimular las ganas que tenía de reposarse en el suelo, soltando el peso del techo, estirándose de tabiques y paredes para sepultar su cornisa en el sótano y rascarse con las tejas de su cabeza los entumecidos pies de sus cimientos. Pero don Felicísimo, que no consentía que su casa viviera menos que él, la apuntaló toda, y así, desde el portal se encontraban fuertes vigas que daban el quién vive. La escalera, que partía de menguados arcos de yeso, también tenía dos o tres muletas, y los escalones se echaban de un lado como si quisieran dormir la siesta. Arriba los pisos eran tales, que una naranja tirada en ellos hubiera estado rodando una hora antes de encontrar sitio en que pararse, y por los pasillos era necesario ir con tiento, so pena de tropezar con algún poste que estaba de centinela como un suizo, con orden de no permitir que el techo se cayera mientras él estuviese allí.

Don Felicísimo era toledano, no se sabe a punto fijo si de Tembleque o de Turleque, o de Manzaneque, que los biógrafos no están acordes todavía. Estuvo casado con doña María del Sagrario Tablajero, de la que nacieron Mariquita del Sagrario y Leocadia. De esta, que casó pronto y mal con un tratante en ganado de cerda, nació Micaelita, que se quedó huérfana de padre y madre a los seis años. Esta Micaelita era, pues, heredera universal del señor don Felicísimo, circunstancia que, a pesar de su escasa belleza, debía hacer de ella un partido apetitoso. Sin embargo, habiendo tenido en sus quince años ciertos devaneos precoces con un muchacho de la vecindad, quedó muy mal parada su honra. El mancebo se fue a las Américas; don Felicísimo enfermó del disgusto; doña María del Sagrario, tía de la joven, enfermó también; divulgose el caso, salió mal que bien de su paso Micaelita, y ya no hubo galán que la pretendiera. Cuentan los cronistas toledanos que desde entonces se arraigó en Micaelita la piadosa costumbre de reservar un padrenuestro para todas las ocasiones apuradas en que se encontrase.