Pasados algunos años, la situación de la joven había cambiado: su carácter, agriándose en extremo, hacíala menos simpática aún de lo que realmente era. Su abuelo, que entrañablemente la amaba, permitíale frecuentar la sociedad y gastar algo en tocados y ropas de moda. Ella quería borrar su mancha; pero no lo podía conseguir, careciendo de aquellas prendas que fácilmente inspiran el perdón o el olvido. Lo singular es que a su mal genio unía un cierto orgullito, sobremanera repulsivo, y que sin duda nacía de su seguridad de enriquecer considerablemente al fallecimiento del abuelo.

Todas las noches del año, en el de 1831, luego que don Felicísimo, con un mediano vaso de vino, echaba la rúbrica a su cena (frase de don Felicísimo), se levantaba de aquella especie de trono, y tomando con su propia mano el candil de cuatro mecheros, dirigíase a la sala, donde ya doña María del Sagrario había encendido una lámpara de las llamadas de Monsieur Quinquet, y allí se encontraba a varios amigos que se reunían en amena tertulia. La estancia era como una gran sala de capítulo conventual; pero estaba blanqueada, sin más adorno que un gran cuadro del Purgatorio, donde ardían hasta diez docenas de ánimas. Dos cortinas de sarga, cuya amarillez declaraba haber sido verde, cubrían los balcones, y por las cuatro paredes se enfilaban en batería tres docenas de sillas de caoba con el respaldo tieso y el asiento durísimo. Cuatro sillones de claveteado cuero, contemporáneo del cuadro de las Ánimas del Purgatorio, si no del Purgatorio mismo, servían para la comodidad relativa; una urna con imagen vestida servía para la devoción, y una mesa que parecía pila bautismal, para que dieran golpes sobre ella los de la tertulia. Don Felicísimo entraba diciendo: Pax vobis, y después saludaba sucesivamente a sus amigos.

—Buenas noches, Elías, ¿cómo te va?... Señor conde de Negri, buenas noches... Buenas noches, señor don Rafael Maroto.

XVIII

Veamos ahora lo que pasó aquella noche. Jenara tomó asiento en el despacho del señor don Felicísimo, y Pipaón, acercándose a este, le habló un poco al oído para contarle lo que a la dama le pasaba. A cada dos palabras que oía, don Felicísimo articulaba una especie de chillido, un ji, ji, que más tenía de suspiro que de interjección, y que al mismo tiempo expresaba hipo y burla.

—Bueno, bueno —murmuró el anciano moviendo la cabeza en ademán de conciliación—. En mi casa no será molestada; yo le respondo de que no será molestada, ji, ji.

—Gracias —dijo la dama secamente tratando de darse aire con los restos de su abanico.

—El señor don Miguel de Baraona y yo fuimos muy amigos —añadió Carnicero, volviendo a Jenara su faz plana, fría, sin expresión de sentimiento alguno—, pero muy amigos. Cuando aquellas cuestiones de la Santa Iglesia Colegial de Vitoria con los Canónigos quartos de frutos de Calahorra, vino aquí don José Marqués, canónigo entero; don Vicente Morales, racionero medio, y don Andrés de Baraona, canónigo quarto de optación, hermano de su abuelo de usted, que también vino. Yo le conseguí el arcedianato de Berberiega para su primo. ¡Cuántas tardes pasamos juntos en este despacho hablando de sermones y toros! Era en los tiempos de Pedro Romero, y dicho se está que había materia para dos buenos aficionados como nosotros. Si el señor de Baraona viviera, se acordaría de cuando vimos la cogida de Pepe-Hillo y la célebre cornada de José Cándido, motivada por haberse escupido el toro, con lo que se atolondró José y quiso matarlo fuera de jurisdicción, recibiendo un encontronazo...

Estas últimas frases no las dirigía don Felicísimo a Jenara, sino a cierto personaje, desconocido para nosotros, que a su lado estaba, y había entrado poco antes que nuestros amigos. Era un joven de aspecto más bien ordinario que fino, de rostro tan salpicado de viruelas, que parecía criba, de complexión sanguínea y algo gigántea; de ajustada chaqueta vestido, con el pelo corto y la frente más corta acaso. Su facha, su traje y cierta expresión inequívoca que impresa en su rostro estaba como un letrero, decían que aquel hombre era del gremio de tablajeros, cortadores o tratantes en carnes. Los tres oficios había tenido, mas con tan poco aprovechamiento, que los cambió por una plaza de demandadero en la cárcel de Villa. Era hijo de una antigua sirviente de don Felicísimo, y este le había criado en su casa y le tenía bastante cariño. Pedro López, por otro nombre Tablas (que así le bautizaron en el Matadero), respetaba mucho a su protector. Iba a verle diariamente al anochecer, se sentaba a su lado, le hablaba un poco de la cárcel, de becerros si era invierno y de toros si era verano; después le servía la cena, y, por último, le acompañaba a rezar el rosario, devoción a que no faltó don Felicísimo ni en un solo día de su vida.

Doña María del Sagrario no tardó en venir. Era una señora que aparentaba más edad de la que realmente tenía, por causa de una lamentable emigración de todos los dientes de su boca, no quedando en aquellos reinos más que algunas muelas, que temblando habían pedido también sus pasaportes. Ella no tenía pretensiones de belleza ni aun de buen parecer, y así su elegancia era la sencillez, su perfumería la limpieza y su peinado simplicísimo. Consistía en recoger en una sola trenza los cabellos fieles que le quedaban y hacer con esta un moño chiquito, el cual, atravesado de una horquilla o flecha, como corazón simbólico, parecía una limosna de cabellos enviada por el cielo sobre su cráneo, que iba igualando a las encías en sus condiciones de país desierto. Por lo demás, doña María del Sagrario era bondadosa, de excelente corazón y de mucho palique; pero tanto desentonaba su voz, por causa de estar su boca tan solitaria como casa de mostrencos, que las palabras parecían salir y entrar por aquellas cavidades jugando y haciendo cabriolas. Cuando reía creeríase que lloraba, y cuando regañaba a la criada parecía mandar un batallón, y el rezar era en ella como un soplamiento de fuelles rotos.