—Mucho nos honra usted, Jenarita —le dijo besándola—, con aceptar nuestra hospitalidad. Eso no será nada. Algún mal entendido. ¡Es tan fácil ahora que los buenos se confundan con los pícaros! Ayer mismo ¿no apalearon en esta misma calle al sacristán de la Venerable Orden Tercera por confundirlo con un pícaro zapatero que fue condenado a horca y luego indultado en el llamado tiempo constitucional, que ni fue tal tiempo ni cosa que lo valga?
—Sagrario, mucha conversación es esa, ji, ji —dijo a este punto don Felicísimo—. Jenarita no es persona con quien debemos gastar cumplidos ni etiquetas; por tanto, tráeme mi cena, que la gusana me dice que es hora.
Poco después, el señor Carnicero tenía delante la servilleta en lugar del papel, y la cuchara en vez de la pluma. Tras los primeros bocados, habló así:
—No es extraño, Jenarita, que con la marcha que lleva este gobierno por el camino de la francmasonería, sean perseguidos los buenos españoles. Ese pobre rey se ha entregado en manos de la herejía y del democratismo; la reina nos quiere embobar con músicas; pero no le valdrán sus mañas para hacernos tragar la sucesión de su hija Isabelita, que así será reina de España como yo emperador de la China, ji, ji. Ellos ven venir el nublado y se preparan; pero nosotros nos preparamos también... y es flojita cosa la que defendemos... así como quien no dice nada... la religión sacratísima, el trono español y nuestras costumbres tradicionales, puras, nobles y sencillas. ¡Ah!, perdóneme usted, Jenarita, me olvidé de decirle si gustaba cenar. Pero aquí no andamos con etiquetas, y en mi casa todo es llaneza y confianza.
—Gracias —repuso Jenara que, solicitada de otros pensamientos, no oyó ni una sola palabra del discurso del señor Carnicero.
Pipaón y Micaelita cuchicheaban en la sala inmediata, y doña María del Sagrario había ido a preparar la cena para todos, lo que requería no poca habilidad por haber aumentado las bocas y no los manjares. Tablas servía la cena al señor don Felicísimo, el cual le hablaba de este modo:
—Pues volviendo a lo que te decía cuando entraron estos señores, el toreo está ahora tan por los suelos que no se puede hablar de él sin que se le caiga a uno la cara de vergüenza. Y no me digan que se ha fundado un Conservatorio de Tauromaquia. Tonto de capirote es el que lo inventó. Yo admiro a don Pedro Romero, yo le tengo por un Cid de los tiempos modernos; por eso no quisiera verle hecho un catedrático de brega. Mira tú, los toreros de hoy dan asco... Si el Señor Omnipotente te hubiera querido hacer el favor de criarte en aquel tiempo en que todo era mejor que ahora, todo; en que era más honrada la gente, más rico el país, más barata la comida, más guapas las mujeres, más religiosos los hombres, más valientes los militares, más benigno el frío, más alegre el cielo, más honestas las costumbres, más bravos los toros, y más, mucho más hábiles los toreros..., ji, ji... ¿Por qué te ríes?
El hipo de don Felicísimo arreció de tal modo, que hubo de pararse un rato para tomar aire. Después prosiguió así:
—Si hubieras vivido en aquel feliz tiempo, te habrías desbaratado de gusto viendo en medio del redondel a Joaquín Rodríguez, por otro nombre Costillares, o a José Delgado, mi amigo queridísimo, por otro nombre Pepe-Hillo. Me parece que le estoy mirando cuando el toro se ceñía. Entonces tenía que ver su serenidad y destreza, ji. Él lo llamaba de frente, tomando la rectitud de su terreno conforme las piernas que le advertía la fiera, y luego que le partía, ji, le empezaba a cargar y tender la suerte, ¿entiendes? Con este quiebro, el toro se iba desviando del terreno del diestro, y cuando llegaba a jurisdicción, le daba el remate seguro, ji, ji, ji.
Con las cabezadas que daba don Felicísimo brillaban sus ojos en el semblante plano como los agujeros de una palmeta. Al mismo tiempo su mano, armada de tenedor, tomaba las actitudes toreriles amenazando el vaso de vino, puesto en el lugar del tintero.