—Señora, usted se aburrirá con esta conversación mía —dijo el anciano contemplando a Jenara, que permanecía con los ojos bajos—. Como aquí no hay cumplimientos, que es palabra compuesta de cumplo y miento, ni las pamemas que llaman etiqueta, yo hablo de lo que más me gusta, ji. Este buen Tablas es un chiquilicuatro que por no tener alma no ha emprendido el oficio de mirar cara a cara a la cuerna, y está de demandadero en la cárcel de Villa. Si no tuviera el defecto de coger sus monas los lunes y aun los martes, sería un cumplido muchacho, siempre que se corrigiera del vicio de sobar las cuarenta.

Tablas se ruborizó al oír su panegírico.

—Jenara, venga usted a cenar —dijo Sagrario entrando—. Deme usted su mantilla.

Don Felicísimo había concluido.

—Hija, ¿ha venido esta tarde el padre Alelí? —preguntó.

—No ha parecido su reverencia.

—¿No se sabe nada de la pupila de Benigno Cordero, que está con pulmonía?

—Iba mejor, pero ha recaído. ¡Cristo, qué desgracia! —exclamó Sagrario en un desentono tan singular que parecía enjuagarse la boca con las palabras—. Cruz fue esta tarde a la iglesia y me dijo que el pobre Benigno está como alma en pena. Va a la botica por las medicinas y se deja el sombrero sobre el mostrador, habla solo, y cuando vende no cobra, y cuando cobra no da la vuelta, y cuando la da, da oro por cobre.

—Es un alma de cántaro, ji... Tablas, ve después a preguntar por la enferma. Benigno es loco, pero es paisano y le aprecio... Jenarita, ¿por qué tiene usted ese aire de tristeza y abatimiento? Aquí no hay nada que temer. Estamos en sagrado, es decir, en una casa pura y absolutamente, ji, ji..., apostólica.

Jenara no cenó. Había perdido el apetito, y la especial manera de guisar que en aquella casa había no era la más a propósito para despertarlo. A esta feliz circunstancia de la desgana de un convidado debió Pipaón que le tocara algo, aunque no fue mucho, según consta en las crónicas que de aquellos acontecimientos quedaron escritas.