—Un cigarrito —dijo aquel de los amigos que llamaban Maroto, y era el más joven de los tres, de buena presencia, bigotudo y con señalado aspecto marcial.
El conde de Negri, con el cigarrito en la boca, sacó eslabón y piedra y empezó a echar chispas. Durilla era la faena, y la mecha no quería encenderse.
—¡Maldito pedernal! —murmuró el señor conde.
Y las chispas iban en todas direcciones menos en la que se quería. Una fue a estrellarse en la cara plana de don Felicísimo como proyectil ardiente en la muralla de un bastión formidable; otra parecía que se le quería meter por los ojos al propio señor conde, y chispa hubo que llegó hasta el cuadro de Ánimas, dando instantáneamente un resplandor verdadero a aquel purgatorio figurado. Al fin prendió la mecha.
—¡Gracias a Dios que tenemos fuego! —dijo don Felicísimo entre dos hipos—. Con estos tubos de vidrio que han inventado ahora para encerrar las luces, no se puede encender en las lámparas.
En tanto, el tercero de los amigos, que era bastante anciano y se distinguía por la curvatura exagerada de su nariz, había puesto unos papeles sobre la mesa, y los miraba y revolvía atentamente. De repente dijo así:
—No hay que contar con Zumalacárregui.
—¡Todo sea por Dios! —exclamó Carnicero—. ¿Ha escrito? Pues a mi carta no se dignó contestar. ¿Sigue en el Ferrol?
—Pues nos pasaremos sin él —indicó el conde de Negri—. La causa revienta de partidarios, quiero decir que los tiene de sobra en todas las clases de la sociedad, y así no es bien que solicite coroneles, como es uso y costumbre entre liberalejos.
—Ya sabemos —dijo con tono de autoridad el llamado Elías, alzando los ojos del papel— que la causa que defendemos es legalmente una batalla ganada. Habiendo sucesor varón no puede suceder una hembra. Moralmente también es cosa fuera de duda. El clero en masa apoya al partido de la religión, y con el clero la mayoría del reino y la aristocracia.