—Y el ejército —declaró el conde pequeñito, plegando mucho los párpados porque le ofendía la luz.
—Eso está por ver —replicó Elías Orejón—. Desde la guerra de la Independencia, el ejército, lo mismo que la marina, están carcomidos por la masonería. La revolución del 23 obra fue de los masones militares; las intentonas de estos años también son cosa suya, y en estos momentos, señores, se está formando una sociedad llamada la Confederación Isabelina, en la que andan muchos pajarracos de alto vuelo, y que por el rotulillo ya da a entender a dónde va. Necesitamos...
—¡Claro, clarísimo, indubitable! —exclamó Carnicero, que deseaba meter baza, por no hallarse conforme con su amigo en aquel tema.
—Necesitamos —prosiguió el otro alzando la voz en señal de enojo por verse interrumpido—, necesitamos, aunque el escrupuloso señor infante no lo crea así, asegurar y comprometer aquellas cabezas militares más potentes. Ya se puede decir que son de acá los siguientes señores: el conde de España, capitán general del Principado; el señor González Moreno, gobernador militar de Málaga...
—Buenos, buenos, bonísimos —dijo Carnicero, que no podía contener sus ganas de interrumpir a cada instante.
Orejón citó otros nombres, añadiendo luego:
—En el ramo de hombres civiles o eclesiásticos de gran nota, andamos a la conquista del señor Abarca, obispo de León, y de don Juan Bautista Erro, consejero de Estado, a los cuales solo les falta el canto de un duro para caer también de la parte acá.
—Bueno es que los clérigos y hombres civiles vengan —dijo Maroto—, pero por santa y gloriosa que sea la causa de Su Alteza, y yo doy de barato que es la causa de Dios, no se hará nada sin tropa.
—¿Y los voluntarios realistas?
—Son buenos como auxilio, pero nada más. Denme generales aguerridos, jefes de valor y prestigio, y el día en que don Fernando acabe, que no tardará, al decir de los médicos, don Carlos será rey por encima de todas las cosas.