—Eso, eso —afirmó Elías sentando la palma de la mano sobre los papeles—, generales aguerridos, jefes militares de valor y prestigio; al grano, al grano.

—Todo vendrá —indicó Carnicero— cuando el caso llegue. Cuando se cuenta, como ahora, ji, con el santo clero en masa, capaz de alzar en masa al reino todo, como en la guerra de la Independencia, lo demás vendrá por sus pasos contados. En cartas y por manifestaciones verbales, me han demostrado su conformidad las siguientes órdenes y religiones: los Agustinos Calzados, de Madrid; la Congregación benedictina Tarraconense Cesaraugustana, de la Corona de Aragón y de Navarra; los Menores de San Francisco, los Agustinos Recoletos o Calzados, los Canónigos seglares del Orden Premonstratense.

—Espadas, espadas —dijo bruscamente Maroto—, y con espadas, no solo no estarán de más las correas o rosarios, sino que servirán de mucho.

—Y yo —indicó el conde de Negri dirigiéndose al balcón a punto que sonaba en la calle el estrepitoso rodar de un coche— me atrevo a proponer que todas las conquistas se pospongan a la conquista del vecino.

El coche paró junto a la casa. Era el carruaje de Calomarde, que vivía frente por frente de Carnicero, en el palacio del duque de Alba.

—Su Excelencia ha entrado en su palacio —dijo el conde de Negri, atisbando por los vidrios verdosos y pequeñuelos de uno de los balcones.

—Todo se andará —manifestó don Felicísimo—. La conversación que tuvimos él y yo hace dos días, me hace creer que don Tadeo tardará en ser apostólico lo que tarde Su Majestad en tener, ji, el ataque de gota que corresponde al otoño próximo.

—Y si no —dijo Negri tornando a su asiento—, le barrerán. Después veremos quién toma la escoba... ¡Cuidado con doña Cristina y qué humos gasta! ¡Si creerá que está en Nápoles y que aquí somos lazzaronis...! ¿Pues no se atrevió a pedir mi destitución del puesto que tengo en la mayordomía del señor infante? Gracias a que los señores me han sostenido contra viento y marea. Aquí, entre cuatro amigos —añadió el conde bajando la voz—, puede revelarse un secreto. He dado ayer un bromazo a nuestra soberana provisional, que va a dar mucho que reír en la corte. En imprenta que no necesito nombrar se están imprimiendo unos versos de no sé qué poeta en elogio de su majestad napolitana. Hacia la mitad de la composición se habla de la angélica Isabel y de la inmortal Cristina. Pues yo...

El conde se detuvo, sofocado por la risa.

—¿Qué?