—Pues yo, como tengo relaciones en todas partes, me introduje en la imprenta, y di ocho duros al corrector de pruebas para que quitara bonitamente la t de la palabra inmortal.
—La inmoral Cristina, ji, ji...
—Espadas, espadas —gruñó Maroto—, y no bromas de esa especie.
—Toda cooperación debe aceptarse —dijo Elías refunfuñando—, aunque sea la cooperación de una errata de imprenta.
Cuando esto decían, la luz de la lámpara, ya fuera porque doña María del Sagrario, firme en sus principios económicos, no le ponía todo el aceite necesario, ya porque don Felicísimo descompusiera, a fuerza de darle arriba y abajo, el sencillo mecanismo que mueve la mecha, empezó a decrecer, oscureciendo por grados la estancia.
—Voy a contar a ustedes, señores —dijo Elías—, la conversación que ayer tuve con el señor Abarca, obispo de León, el hombre de confianza de Su Majestad... Pero, don Felicísimo, esa luz...
—Empiece usted. Es que la mecha... —replicó Carnicero moviendo la llave.
—Pues el señor Abarca me pidió informes de lo que se pensaba y se decía en el cuarto del infante. Yo creí que con un hombre tan sabio y leal como el señor Abarca no debía guardar misterios... Le dije pan pan, vino vino... Pero esa luz...
—No es nada; siga usted; ya arderá.
—Le expuse la situación del país, anhelante de verse gobernado por un príncipe real y verdaderamente absoluto, que no transija con masones, que no admita principios revolucionarios, que cierre la puerta a las novedades, que se apoye en el clero, que robustezca al clero, que dé preeminencias al clero, que atienda al clero, que mime al clero... Pero esa luz, señor don Felicísimo...