—Verdaderamente no sé qué tiene. Siga usted.

—Convino conmigo Su Ilustrísima en que por el camino que va el rey marchamos francamente, y él el primero, por la senda de la revolución... ¡Que nos quedamos a oscuras!...

La luz decrecía tanto que los cuatro personajes principiaron a dejar de verse con claridad. Las sombras crecían en torno suyo. Los empingorotados respaldos de los sillones parecían extenderse por las paredes en correcta formación, simulando un cabildo de fantasmas congregados para deliberar sobre el destino que debía darse a las ánimas. Las rojas llamas del cuadro se perdían en la oscuridad, y solo se veían los cuerpos retorcidos.

—Díjome también Su Ilustrísima que ahora se va a emprender una campaña de exterminio contra los liberales... ¡Por Dios, señor don Felicísimo, luz, luz!

La lámpara se debilitaba y moría, derramando con esfuerzos su última claridad por las paredes blancas y por el techo blanco también. Lanzaba a ratos la llama un destelllo triste, como si suspirase, y después despedía un hilo de humo negro que se enroscaba fuera del tubo. Luego se contraía en la grasienta mecha, y burbujeando con una especie de lamento estertoroso, se tornaba en rojiza. Las cuatro caras aparecían ora encendidas, ora macilentas, y la sombra jugaba en las paredes y subía al techo, invadiendo a ratos todo el aposento, retirándose a ratos al suelo para esconderse entre los pies y debajo de los muebles.

—Esa campaña de exterminio que se va a emprender, fíjense ustedes bien —prosiguió Orejón—, no favorece al rey, sino al infante. Todo lo que ahora sea reprimir es en ventaja de la gente apostólica. Así nos lo darán todo hecho, y lo odioso del castigo caerá sobre ellos, mientras que nosotros... ¡Luz, luz!

Don Felicísimo quiso llamar; pero en aquella casa no se conocían las campanillas. Así es que empezó a gritar también:

—¡Luz, luz; que traigan una luz!

La lámpara se extinguió completamente y todos quedaron de un color.

—¡Luz, luz! —volvió a gritar don Felicísimo.