Orejón, que estaba muy lleno de su asunto y no quería soltarlo de la boca, a pesar de la oscuridad, prosiguió así:

—Que utilizando con energía la horca y los fusilamientos, limpien el reino de esas perversas alimañas, es cosa que nos viene de molde.

—Aguarde usted, hombre... Estamos a oscuras...

—Ji..., se han dormido y no nos traen luz —dijo don Felicísimo—. Sagrario, Sagrario. Tablas... Nada, todos dormidos.

Así era en verdad.

—¿Tiene usted avíos de encender, señor conde? Aquí, en este cajoncillo de la mesa, debe de haber, ji, ji, pajuela.

Pronto se oyó el chasquido del eslabón contra el pedernal. Las súbitas chispas sacaban momentáneamente la estancia de la oscuridad. Se veían como luz de relámpago las cuatro caras apostólicas, la fúnebre fila de sillas de caoba y el cuadro de ánimas.

—La raza liberalesca y masónica estará ya exterminada cuando llegue el momento de la sucesión de la corona —decía Orejón entusiasmado—. ¡Admirable, señores!

Don Felicísimo tenía la pajuela en la mano para acercarla a la mecha luego que esta prendiese, y al brotar de la chispa, su cara plana, en que se pintaban la ansiedad y la atención, parecía figura de pesadilla o alma en pena.

—Trabajan para nosotros, y ahorcando a los liberales se ahorcan a sí mismos.