—Es evidente —murmuró don Rafael Maroto.
—¡Demonches de pedernal!
—¡Luz, luz! —volvió a decir don Felicísimo—. Pero Sagrario... Nada, lo que digo, todos dormidos.
Por fin prendió la mecha, y aplicada a ella la pajuela de azufre, ardió rechinando como un condenado cuyas carnes se fríen en las ollas de Pedro Botero. A la luz sulfúrea de la pajuela reaparecieron las cuatro caras, bañadas de un tinte lívido, y la estancia parecía más grande, más fría, más blanca, más sepulcral...
—De modo —continuaba Elías, cuando don Felicísimo encendía el candilón de cuatro mecheros— que en vez de apartarles de ese camino, debemos instarles a que por él sigan.
—Sí, que limpien, que despojen...
—Pues ahora —dijo Negri— contaré yo la conversación que tuve con Su Alteza la infanta doña Francisca.
—Y yo —añadió Carnicero— referiré lo que me dijo ayer fray Cirilo de Alameda y Brea.
XX
Jenara no pudo dormir en el camastro abominable que le destinara doña María del Sagrario, el cual estaba en un cuarto más grande que bonito, todo blanco, todo frío, todo triste, con alto ventanillo por donde venían mayidos y algazara de gatos. Al amanecer pudo aletargarse un poco, y en su desvariado sueño creía ver a don Felicísimo hecho un demonio, ora volando montado en su pluma, ora descuartizando gente con la misma pluma, en cuchillo convertida. La casa se le representaba como un lisiado que suelta sus muletas para arrojarse al suelo, y allí eran el crujir de tabiques, el desplome de paredes, la pulverización de techos y las nubes de polvo, en medio del cual, como ave rapante, revoloteaba don Felicísimo llorando con lúgubre graznido, mientras los demás habitantes de la casa se asfixiaban sepultados entre cascote y astillas.