Al despertar sin haber hallado reposo, sus ojos enrojecidos reconocieron la estancia, que más tenía de prisión que de albergue, y acometida de viva aflicción lloró mucho. Después las reflexiones, los planes habilísimos que había concebido, y más que nada la valentía natural de su espíritu, la fueron serenando. Vistiose y acicalose como pudo, echando muy de menos los primores de su tocador, y pudo presentarse a Micaelita y a doña Sagrario con semblante risueño.
En sus planes entraba el de amoldar su conducta y sus opiniones a las opiniones y conducta de los dueños de la casa, y así, cuando visitó al señor don Felicísimo en su despacho y hablaron los dos, era tan apostólica que el mismo infante la habría juzgado digna de una cartera en su ministerio futuro. Según ella, la perseguían por apostólica, y su apostoliquismo (fue su palabra) era de tal naturaleza, que la llevaría valientemente a la lucha y al martirio. Carnicero, que en su marrullería no carecía de inocencia (virtud hasta cierto punto apostólica), creyó cuanto la dama le dijo, y establecida entre ambos la confianza, el anciano le contaba diariamente mil cosas de gran sustancia y meollo, referentes a la causa. Sirvan de ejemplo las siguientes confidencias.
«¡Bomba, señora! Direle a usted lo más importante que he sabido anoche. Una monjita de las Agustinas Recoletas de la Encarnación soñó no hace mucho que el infante se ceñía la corona asistido de no sé cuantas legiones de ángeles. Escribió su sueño en una esquelita que remitió a Su Alteza, el cual la besó y tuvo con esto un grandísimo gozo. Me lo ha contado Orejón».
«¡Bomba, señora! La trapisonda de Andalucía ha terminado. Los marinos que se sublevaron en San Fernando están ya fusilados, y el bribón de Manzanares, que desembarcó con unos cuantos tunantes, ha perecido también. ¡Si no hay sahumerio como la pólvora para limpiar un reino! Que desembarquen más si quieren. El gobierno se ha preparado, arma al brazo. Ahora, vengan pillos».
«¡Gran bomba, señora! Mañana ahorcan a Miyar, el librero de la calle del Príncipe, por escribir cartas democráticas. Pronto le harán compañía Olózaga, Bringas y Ángel Iznardi». Generalmente estas noticias eran dadas al anochecer o durante la cena, en presencia de Tablas. Después se rezaba el rosario, con asistencia de todos los de la casa, y de Jenara, que desempeñaba su parte con extraordinario recogimiento y edificación.
Ya se habrá comprendido que la muy pícara se valió de los ahogos pecuniarios del bueno de Perico Tablas para sobornarle y ponerle de su parte. El demandadero de la cárcel de Villa, que no era ciertamente un Catón, se rindió a la voluntad dispendiosa de Jenara, sirviéndole como se sirve a una dama que reúne en sí afabilidad, hermosura y dinero.
Dos días habían pasado desde la prisión de Olózaga, cuando se vio a Tablas y a Pepe Olózaga, hermano menor de Salustiano, bebiendo medios chicos de vino en la taberna de la calle Mayor, esquina a la de Milaneses. Jenara no solo supo explotar en provecho propio los buenos servicios de Tablas, sino que los utilizó en pro de Salustiano, por quien mucho se interesaba.
Este insigne joven, que había de alcanzar fama tan grande como orador y hábil político, fue primero encerrado en lo que llamaban El Infierno, lugar tenebroso, pero más horrendo aún por sus habitantes que por sus tinieblas, pues estaba ocupado por bandidos y rateros, la peor y más desvergonzada canalla del mundo. No creyéndole seguro en El Infierno, el alcaide le trasladó a un calabozo, y de allí a una de las altas buhardillas de la torre. Antes de que mediara Tablas, pudo Pepe Olózaga ponerse en comunicación con su hermano, valiéndose de una fiambrera de doble fondo y del palo del molinillo de la chocolatera.
El ingenio, la serenidad, la travesura de Salustiano eran tales, que en pocos días se hizo querer y admirar de los presos que le rodeaban y que allí entraron por raterías y otros desafueros. Los demás presos no se comunicaban con él. Pepe Olózaga, después de ganar a Tablas, a quien hizo creer que su hermano estaba encarcelado por cosas de mujeres, intentó ganar también a uno de los carceleros; pero no pudo conseguirlo. Más afortunado fue Salustiano, que, seduciendo dentro de la prisión a sus guardianes con aquella sutilísima labia y trastienda que Dios le dio, pudo comunicarse con Bringas. Ambos sabían que si no se fugaban serían irremisiblemente ahorcados. Discurrieron los medios de alargar los procedimientos para ver si ganando tiempo adelantaba el negocio de su salvación, y al cabo convinieron en que Bringas se fingiría mudo y Olózaga loco.
Tan bien desempeñó este su papel, que por poco le cuesta la vida. Principió por fingirse borracho; propinose una pulmonía acostándose desnudo sobre los ladrillos, y los carceleros le hallaron por la mañana tieso y helado como un cadáver. Tras esto venía tan bien la farsa de su locura, que siete médicos realistas le declararon sin juicio. Así ganó un mes.