Miyar, que no era travieso, ni abogado, ni hombre resuelto, pereció en la horca el 11 de abril.

Mejor le fue a Olózaga con su locura que a Bringas con su mutismo, porque impacientes los jueces con aquel tenaz silencio, que les impedía despachar pronto, imaginaron darle un ingenioso tormento, el cual consistía en clavarle en las uñas astillas o estacas de caña. Nada consiguieron con esto; pero Bringas perdió la salud y no salió de la cárcel sino para morirse. Es un mártir oscuro, del cual se ha hablado poco, y que merece tanta veneración como lástima.

Pepe Olózaga y los amigos de Salustiano trabajaban sin reposo. Las comunicaciones con el preso eran frecuentes, y no solo recibió este ganzúas y dinero, que son dos clases de llaves falsas, sino también el correspondiente puñal y un poquillo de veneno para el momento desesperado. Antes el suicidio que la horca.

Jenara, que salía de noche furtivamente de la casa de don Felicísimo, iba donde se le antojaba sin que nadie la molestase, y así pudo ayudar a la familia de Olózaga. Hízose muy amiga de la mujer del escribano señor Raya, y también de la mujer del alcaide. A la sangre fría del preso primeramente, a la constancia y diplomacia de su hermano Pepe, al oro de la familia, y, por último, a la compasión y buen ingenio de algunas mujeres, debiose la atrevidísima y dramática evasión que referiremos más adelante en breves palabras, aunque referida está del modo más elocuente por quien debía y sabía hacerlo mucho mejor que nadie.

Jenara, preciso es declararlo, no tenía puestos los ojos en la cárcel de Villa por el solo interés de Salustiano y su apreciabilísima familia. Allí, en la siniestra torre que modernamente han pintado de rojo, para darle cierto aire risueño, estaba un preso menos joven que Olózaga, de gentil presencia y muchísima farándula, el cual pasaba por preso político entre los rateros, y por un ladronzuelo entre los políticos. Era, según Tablas, hombre de grandes fingimientos y transmutaciones, al parecer instruido y cortés. Figuraba en los registros con dos o tres nombres, sin que se hubiera podido averiguar cuál era el suyo verdadero. Tablas reveló a la señora que no era ella sola quien se interesaba por aquel hombre, sino que otras muchas de la corte le agasajaban y atendían.

Las señas que el demandadero indicaba de la persona del preso, convencían a Jenara de que era quien ella creía, y más aún las respuestas que a sus preguntas daba. No obstante, la dama no pudo lograr ver su letra, por más que a entablar correspondencia le instó por conducto del demandadero. El preso pidió algunas onzas y se las mandaron con mil amores. Se trabajó con jueces y escribanos para que le soltaran, estudiose la causa, y ¿cuál sería la sorpresa, el despecho y la vergüenza de Jenara, al descubrir que el preso misterioso no era otro que el celebérrimo Candelas, el hombre de las múltiples personalidades y de los infinitos nombres y disfraces, figura eminente del reinado de Fernando VII, y que compartió con José María los laureles de la caballería ladronera, siendo el héroe legendario de las ciudades como aquel lo fue de los campos?

Corrida y enojada, la señora descargó su cólera contra Pipaón, a quien puso cual no digan dueñas, y no le faltaba motivo para ello, porque el astuto cortesano de 1815 la había engañado, aunque no a sabiendas, diciéndole que el que buscaba estuvo primero en casa de Olózaga y después preso en la Villa con los demás conjurados, noticias ambas enteramente contrarias a la verdad.

A todas estas, Jenara no tenía valor para abandonar la hospitalidad que le había ofrecido don Felicísimo, y continuaba embaucándole con su entusiasmo apostólico, sabedora de que la mayor tontería que podía hacerse en tan benditos tiempos, era enemistarse con la gente de aquel odioso partido.

Al anochecer de cierto día de mayo, Jenara vio salir al padre Alelí del cuarto de don Felicísimo, y poco después de la casa. Como no tenía noticias de Sola ni del estado de su peligrosa y larga enfermedad, luego que el fraile se marchó fue derecha a la madriguera de don Felicísimo para saber de la protegida del señor Cordero.

—¡Grande, estupenda bomba, señora! —dijo el anciano, a quien acompañaba, rosario en mano, el atlético Tablas.