—¿Se sabe algo de esa joven?...

—Ya pasó a mejor o peor vida, que eso Dios lo sabrá —repuso Carnicero volviendo hacia Jenara su cara plana, que iluminada de soslayo parecía una luna en cuarto menguante.

—¡Ha muerto! —exclamó la dama con aflicción grande.

—Ya le han dado su merecido. Conozco que es algo atroz; pero no están los tiempos para blanduras. Hazme la barba y hacerte he el copete.

—Yo pregunto por la pupila de nuestro amigo Cordero —insistió Jenara.

—Acabáramos: yo me refiero a esa señora que han ahorcado en Granada. ¿Cómo la llamaban, Tablillas?

—Mariana Pineda.

Eso es. Bordadme banderitas para los liberales desembarcadores. El cabello se pone de punta al ver las iniquidades que se cometen. ¡Bordar una bandera, servir de estafeta a los liberales!, y ¡sabe Dios las demás picardías que los señores jueces habrán querido dejar ocultas por miramientos al sexo femenino...!

—¡Y esa señora ha sido ahorcada! —exclamó Jenara, lívida a causa de la indigación y el susto.

—¿Que si ha sido...? Y lo sería otra vez si resucitara. O hay justicia o no hay justicia. Como el gobierno afloje un poco, la revolución lo arrastra todo, monarquía, religión, clases, propiedad... Esta doña Mariana Pineda debe ser nieta de un don Cosme Pineda que vino aquí por los años de 98 a gestionar conmigo cierto negocio de las capellanías de Guadix... Buena persona, sí, buena. Era poseedor de una de las mejores ganaderías de Andalucía, la única que podía competir con la de los Religiosos Dominicos de Jerez de la Frontera, donde se crían los mejores toros del mundo.