—Y esa doña Mariana —dijo Jenara— era, según he oído, joven, hermosa, discreta... ¡Bendito sea Dios que entre tantas maravillas de hermosura, ha criado, Él sabrá por qué, tantos monstruos terribles, los leones, las serpientes, los osos y los señores de las Comisiones Militares...!
—¿Chafalditas tenemos...? —dijo don Felicísimo echando de su boca un como triquitraque de hipos, sonrisillas y exclamaciones que no llegaban a ser juramentos—. Mire usted que se puede decir: «al que a mí me trasquiló, las tijeras, ji, ji, le quedaron en la mano».
La dama le miró, reconcentrada en el corazón la ira; mas no tanto que faltase en sus ojos un destello de aquel odio intenso que tantos estragos hacía cuando pasaba de la voluntad a los hechos. En aquel momento Jenara hubiera dado algunos días de su vida por poder llegarse a don Felicísimo y retorcerle el pescuezo, como retuerce el ladrón la fruta para arrancarla de la rama; pero excusado es decir que no solo no puso por obra este atrevido pensamiento homicida, sino que se guardó muy bien de manifestarlo.
—Yo no soy tampoco de piedra —añadió Carnicero echando un suspiro—; yo me duelo de que se ahorque a una mujer; pero ella se lo ha guisado y ella se lo ha comido, porque ¿es o no cierto que bordó la bandera? Demostrado está que sí. Pues la ley es ley, y el decreto de octubre ha proclamado el tente-tieso. Conque adóbenme esos liberales. Dicen que fueron tigres los señores jueces de Granada. Calumnia, enredo. Yo sé de buena tinta..., vea usted: aquí tengo la carta del señor Santaella, racionero medio y tiple de la Catedral de Granada..., hombre veraz y muy apersonado, que por no gustar del clima de Andalucía, quiere una plaza de tiple en la Real Capilla de Madrid... Pues me dice, vea usted, me dice que cuando la delincuente subió al patíbulo, los voluntarios realistas que formaban el cuadro se echaron a llorar... Un padrenuestro, Tablas; recémosle un padrenuestro a esa pobre señora.
Igual congoja que los voluntarios realistas sintió Jenara al oír el rezo de Carnicero y Tablas; pero dominándose con su voluntad poderosa, varió de conversación diciendo:
—¿Se sabe de la pupila de Cordero?
—Esa... —replicó don Felicísimo con desdén— está fuera de peligro. Hierba ruin no muere.
XXI
—Sí, ya está fuera de peligro, gracias al Señor y a su Santísima y única Madre la Virgen del Sagrario. Decir lo que he padecido durante esta larga y complicada dolencia de la apreciable Hormiga, durante estos cuarenta y tantos días de vicisitudes, mejorías, inesperados recargos y amenazas de muerte, fuera imposible. El corazón se me partía dentro del pecho al ver cómo caía y se deslizaba hasta el borde del sepulcro aquella criatura ejemplar, dotada por el cielo de tantas riquezas de espíritu, y que parece puesta adrede en el mundo para que sirva de espejo a los que necesitamos mirarnos en un alma grande para poder engrandecer un poquito la nuestra. Y más me angustiaba el ver cómo se moría sin quejarse, aceptando los dolores como si fueran deberes: que su costumbre es llevar sobre sí las pesadumbres de la vida, como llevamos todos nuestra ropa.
»Ya está fuera de peligro, y gracias a Dios sigue bien. Me parece mentira que es así, y a cada instante tiemblo, figurándome que su cara no recobra tan prontamente como yo quisiera los colores de la salud. Si la oigo toser, tiemblo; si la veo triste, tiemblo también. Pero don Pedro Castelló, que es el primer Esculapio de España, me asegura que ya no debo temer nada. Es fabuloso lo que he gastado en médicos y botica; pero hubiera dado hasta el último maravedí de mi fortuna por obtener una probabilidad sola de vida. Mi conciencia está tranquila. Ni sueño ni descanso ha habido para mí en este período terrible. He olvidado mi tienda, mis negocios, mi persona, y al fin, con la ayuda de Dios, he dado un bofetón a la pícara y fea muerte. ¡Viva la Virgen del Sagrario, viva don Pedro Castelló y también Rousseau, que dice aquello tan sabio y profundo: no conviene que el hombre esté solo!