Así hablaba don Benigno Cordero en la tienda con un amigo suyo muy estimado, el marqués de Falfán. Y era verdad lo que decía de sus congojas y del gran peligro en que había puesto a Sola una traidora pleuresía aguda. La naturaleza, con ayuda de la ciencia y de cuidados exquisitos, triunfó al cabo; pero después recayó la enferma, hallándose en peligro igual, si no superior, al primero. Cuanto humanamente puede hacerse para disputar una víctima a la muerte, lo hizo don Benigno, ya rodeándose de los facultativos más reputados, ya procurando que las medicinas fueran escogidas, aunque costaran doble, y principalmente asistiendo a la enferma con un cuidado minucioso, y con puntualidad tan refinada, que casi rayaba en extravagancia. Digamos en honor suyo que había hecho lo mismo por su difunta esposa.

Aunque parezca extraño, doña Crucita manifestó en aquella ocasión lastimosa una bondad de sentimientos y una ternura franca y solícita de que antes no tenían noticia más que los irracionales. Sin dejar de gruñir por motivos pueriles, atendía a la enferma con el más vivo interés, velaba y hacía las medicinas caseras con paciencia y esmero. Bueno es decir, para que lo sepa la posteridad, que doña Crucita tenía en su gabinete el mejor herbolario de todo Madrid.

Cuando don Pedro Castelló dijo que la enferma no tenía remedio, don Benigno manifestó grandeza de ánimo y resignación. No hizo aspavientos ni habló a lo sentimental. Solamente decía: «Dios lo quiere así; ¿qué hemos de hacer? Cúmplase la voluntad de Dios». La Paloma ladrante, que tenía en su natural genio el quejarse de todo, no supo mantenerse en aquellos límites de cristiana prudencia, y dijo algunas picardías inocentes de los santos tutelares de la casa; pero a solas, cuando nadie podía verla, se secaba las lágrimas que corrían de sus ojos. La posteridad se enterará con asombro de las palizas que la buena señora daba a sus perros para que no hicieran bulla ni salieran del gabinete en que estaban encerrados.

Los Corderillos mayores compartían la pena de su padre y tía, y los minúsculos, sin darse cuenta de lo que sentían, estaban taciturnos y con poco humor para pilladas. Deportados con las cotorras en el gabinete de su tía, jugaban en silencio, desbaratando una obra de encaje que Crucita tenía empezada, para rehacerla después ellos a su modo. Cuando Sola estuvo fuera de peligro y sin fiebre, lo primero que pidió fue ver a los chicos. Radiante de alegría les llevó don Benigno al cuarto de la enferma diciendo: «aquí está la Guardia Real Granadera», y al mismo tiempo se le aguaron un poco los ojos. Sola les besó uno tras otro, y puso sobre su cama a Juan Jacobo, diciendo:

—¡Cómo ha crecido este!... Y ¡qué gordo está! Bendito sea Dios, que me ha dejado vivir para que os siga viendo y queriendo a todos.

Cordero se había vuelto de espaldas y hacía como que jugaba con el gato. Después se quitó las gafas para limpiarlas. Lo que realmente hacía era defender su emoción de las miradas de Sola y los chicos. Aun en aquel primer día de su convalecencia, pudo Sola hacer a la Guardia Real Granadera un obsequio inusitado. Desde el día anterior había guardado cuatro piedras de azúcar de pilón, y dio una a cada muchacho, destinando la mayor a Juanito Jacobo, precisamente por ser el más chico y a la vez el más goloso.

—Un ángel —les dijo— que ha venido todas las noches a preguntar por mí y a ver si se me ofrecía algo, me dio anoche estos terrones para todos, encargándome que no se los diera si no se habían portado bien. Yo no sé qué tal se han portado...

—Muy mal, muy mal —dijo doña Crucita—. No merecían sino azúcar de acebuche y miel de fresno.

—Lo pasado, pasado —añadió Sola—. Ahora se portarán bien.

No había concluido de decirlo, cuando ya se oían los fuertes chasquidos de los dientes de Juanito Jacobo partiendo el azúcar. Los cuatro besaron a la que había hecho con ellos veces de madre, y se retiraron muy contentos. Don Benigno no podía contener cierta expansión de gozosa generosidad que, naciendo en su corazón, lo llenaba todo entero. Fue tras los muchachos, y dio cuatro cuartos a cada uno para que compraran chufas, triquitraques, pasteles o lo que quisieran. Después le pareció poco, y a los dos mayores les dio una peseta por barba, advirtiéndoles que aquel dinero era para correrla en celebración del restablecimiento de Sola, y, por tanto, no debía ser metido en la hucha. Cada uno tenía su hucha con sendos capitales.