Crucita se fue a sus quehaceres, y don Benigno se quedó solo con la Hormiga. En los días de gravedad, cuando le acometía fuertemente la calentura, Sola deliraba. Los individuos conservan en sus desvaríos febriles casi todas las cualidades que les adornan hallándose en estado de perfecta salud, y así Sola enferma era diligente, bondadosa y afable. Agitándose en su lecho con horrible desvarío, mandaba a los chicos a la escuela, le pasaba lección a Rafaelito, reñía a Juanito Jacobo por romper los figurines del Correo de las Damas, bromeaba con Crucita por cuestión de pájaras lluecas o de perros con moquillo, daba órdenes a la criada sobre la comida, se afligía porque no estaban planchadas las camisas de don Benigno, le pedía a este cigarros para el padre Alelí, preguntaba a los dos qué plato era el más de su gusto para la próxima cena, y hablaba con todos de los Cigarrales y de cierta expedición que tenían proyectada; era una reproducción o un lúgubre espejismo de su actividad y de sus pensamientos todos en la vida ordinaria. Acontecía que después de un largo período de exaltación febril, Sola se quedaba muda y sosegada otro largo rato, sin decir más que algunas palabras a media voz. Don Benigno, que atendía a estos monólogos con tanto dolor como interés, pudo entender algunas palabras; entre ellas, don Jaime Servet.[2]

[2] Véase Un voluntario realista.

Aquel famoso día de los terrones de azúcar, don Benigno, luego que con ella se quedó solo, le preguntó quién era el tal don Jaime Servet que en sueños nombraba, y ella quiso explicárselo punto por punto; pero apenas había empezado, cuando entraron Primitivo y Segundo trayendo un grande, magnífico y oloroso ramo de rosas, que ofrecieron a Sola con cierto énfasis de galantería caballeresca. Los dos chiquillos tuvieron la excelente idea de emplear las dos pesetas que les dio su padre en comprar flores para obsequiar con ellas a su segunda madre en el fausto día de su restablecimiento; y en verdad que era de alabar la delicadeza exquisita con que procedían, demostrando que en la edad de las travesuras no escasea cierta inspiración precoz de acciones generosas y de la más alta cortesía. Decir cuánto agradeció Sola la fineza, fuera imposible; y si el fuerte olor de las flores no la marease un poco, habría puesto el ramo sobre la almohada. Les dio besos, y luego pasó el ramo a Cordero para que aspirase la rica fragancia.

Don Benigno no cabía en sí de satisfacción. Se puso nervioso, se le resbalaron las gafas nariz abajo, y esta parecía hacerse más picuda, tomando no sé qué expresión de órgano inteligente. Sonrisa de vanagloria retozaba en sus labios, y aquel aroma parecíale que llevaba a su alma un regalado confortamiento, paz deleitosa, esperanza, una vida nueva. Los muchachos, al ver el éxito de su hazaña, reventaban de orgullo.

Don Benigno se los llevó prontamente a su cuarto y les dijo:

—Tomad..., un duro para cada uno. Sois caballeros finos y agradecidos. Muy bien; muy bien, señoritos: este rasgo me ha gustado. En vez de comprar golosinas que os ensucian el estómago... comprasteis el ramo..., pues... Idos a paseo: no vayáis esta tarde al colegio. Yo lo mando... Adiós... Un duro a cada uno.

Cuando volvió al lado de Sola, Crucita había llevado, para que la enferma los viera, los pajarillos en cría, pelados y trémulos dentro del nido, mientras la pájara saltaba inquieta de un palo a otro, y el pájaro ponía muy mal gesto por aquel desconsiderado transporte de la jaula. Sola admiró todo lo que allí había que admirar, la sabiduría y la paciencia de aquellos menudos animalillos, que así pregonaban con su manera de criar la sabiduría maravillosa y el poder del Criador, el cual, en todas partes donde algo respira, ha puesto un bosquejo de la familia humana.

—Lléveselos usted —dijo Sola—, que se asustan y se enojan, y creo que lo van a pagar los pequeñuelos, quedándose hoy sin almorzar.

Después cargó Crucita, no sin trabajo, con algunos tiestos de minutisa y pensamientos para que Sola viera cómo con el calor de la estación se cubrían de pintadas florecillas, las unas formando ramilletes o grupos, como un canastillo de piedras preciosas, otras sueltas con diferentes tamaños y matices; pero todas guapas y alegres. También trajo un lirio que parecía un obispo, vestido de largas faldamentas moradas; un moco de pavo, que más bien parecía gallo de cresta roja, y otras muchas hierbas que llevaban la alegría a la alcoba, pocos días antes tan silenciosa y fúnebre. ¡Con cuánto gusto recibía Sola aquellas visitas! Era la vida, que tales mensajes le enviaba para cumplimentarla; era la amada casa, que saludaba con lo hermoso y agradable que en sí tenía. Para que nada faltase, vino también la cotorra, a quien Sola encontró más crecida; vino el loro, que le pareció haber sufrido algún desperfecto en su casaca verde, y, por último, entraron también los perros en tropel, y se lanzaron a la cama aullando y lamiendo. En tanto, don Benigno, después de permanecer un rato como en éxtasis, bajó los ojos y apoyó la barba en su mano trémula. O rezaba o recitaba algún famoso texto de Rousseau: en esto no parecen acordes las crónicas, y por eso se apuntan las dos versiones para que el lector elija la que más le cuadre.

Pasó un rato. Todo estaba en silencio. El héroe de Boteros saboreaba en el pensamiento la dicha presente, que no era sino anticipado anuncio de su futura dicha.