—¿Don Jaime Servet, vive aquí?
Detúvose Cordero y oyó una voz que de dentro gritaba:
—No ha llegado todavía.
El héroe no dio a lo que había oído más importancia de la que merece una simple coincidencia de nombres.
¡Qué afán puso el buen señor en preparar su viaje, en disponer lo referente a vestidos, provisiones y todo lo demás que se había de llevar! Creeríase que iban a dar la vuelta al mundo, según la prolijidad con que Cordero se proveía de todo, y las infinitas precauciones que tomaba, las advertencias que hacía, el itinerario escrupuloso que trazaba, la elección de vituallas, y el acopio de drogas por si ocurrían descalabraduras o molimiento de huesos. Todo le parecía poco para que a Sola no faltara ninguna comodidad, ni se privase de nada que pudiera convenir a su espíritu y su salud. Y deseando anticipar las delicias del viaje, aquella noche le habló de la distancia, le describió los pueblos que habían de recorrer, pintole paisajes de ríos y montañas, diciendo estas o parecidas cosas:
—Cuando pasemos de Torrejón de la Calzada a Casarrubuelos, fíjese en aquellas lomas de viñas que están en fila y hacen unos bailes tan graciosos cuando pasa el coche corriendo... Después, en tierra de la Sagra, verá usted unos panoramas que encantan... Luego que se pasa de Olías se quedará pasmada cuando vea allá lejos la torre de la Catedral, que parece saluda al viajero... sin quitarse el sombrero, se entiende, el cual es un capacete que está emparentando con el cielo y que trata de tú a los rayos...
En fin, llegó la mañana y se marcharon despedidos por Alelí, que se quedó muy triste. Cuando el coche, dejando atrás el puente de Toledo, entró en la extensa, libre y alegre campiña inundada de luz, don Benigno sintió que la alegría se rebosaba del vaso de su espíritu, chorreando fuera como las caídas de una fuente de Aranjuez, y aquel chorrear de la alegría era en él risas, frases, exclamaciones, chascarrillos, y, por último, la elocuente frase:
—Barástolis, ¡qué bueno es Dios!
Aquel mismo día corrió por Madrid la noticia de haberse escapado de la cárcel de Villa el preso que ya estaba destinado a la horca. Jenara se alegró tanto cuando Pipaón se lo dijo, que al instante salió a la calle para felicitar a don Celestino. Hacía ya dos semanas que había empezado a perder el miedo, y salía de noche a pie acompañada de Micaelita, vestidas ambas en traje tan humilde que difícilmente podían ser conocidas.
Después de dar la enhorabuena a don Celestino y a su hija, regresó a casa de Carnicero y se entretuvo escribiendo algunas cartas. Pipaón la visitó en su cuarto, donde hablaron un poco de la política. Jenara fue luego a ver cenar a don Felicísimo, operación que le hacía gracia por las singularidades y extravagancia de aquel santo hombre en tan solemne instante, y le halló sumamente ocupado con un alón que por ninguna parte quería dejarse comer, según estaba de cartilaginoso y duro.