—¡Bomba, señora...! —dijo Carnicero picoteando el hueso por aquí y por allá, de modo que unas veces se lo ponía por bigote y otras lo tascaba como un freno—. En Portugal el señor don Miguel está apretando las clavijas a aquel insubordinado reino. Ahora dicen que vendrán del Brasil don Pedro y doña María de la Gloria a disputar la corona a don Miguel... Quisiera yo ver eso... Sigue, querido Tablas, lo que me estabas contando, que esta señora no puede ser insensible a las glorias del toreo, y si es verdad, como dices, que ese muchacho rondeño...

Tablas aseguró que el muchacho rondeño que acababa de llegar a Madrid y se llamaba Montes, por sobrenombre Paquiro, era un enviado de Dios para restablecer la decaída y casi muerta orden de la tauromaquia. Dijo también que cuando Madrid le conociera bien sería puesto por encima de todos sus predecesores en aquel arte, incluso Pepe-Hillo y Romero, pues tenía todas las cualidades de los antiguos y aun algunas más, siendo autor de varias suertes y reglas, y de un toreo nuevo...

—Por lo que deberá llamarse —dijo don Felicísimo riendo como un bobo— el Moratín de la muleta.

Algo más se habló de este tema, aventurando en él Jenara algunas observaciones; mas como esta dijera que se verificaría una revolución en el toreo, se enfadó Carnicero al oír la palabra, y dijo que no habría revoluciones en nada, y que bien estaba el mundo como estaba, aunque estuviera sin toros. Dio Jenara su asentimiento, y mientras el anciano tomaba sus últimos bocados, se entretuvo en observar la habitación, pues nunca se cansaba de mirarla ni de reconocer la extraordinaria concordancia que había entre ella y su habitador, de tal manera que así como el capullo es molde del gusano, así parecía que don Felicísimo había hilado su despacho envolviéndose en él. Detrás del sillón de la mesa había un largo estante del tamaño de la pared, cuyas puertas tenían, en vez de vidrios, rejillas de alambres, y por los huecos de estas asomaban sus caras amarillentas los legajos, como enfermos que se asoman a las rejas de un hospital. Muchos tenían cruzados de cintas rojas y cartoncillos colgantes con rótulos. Algunos estaban tendidos horizontalmente, semejando, no ya enfermos, sino verdaderos cadáveres que no volverían a la vida aunque les royeran ratones mil; otros estaban inclinados sobre sus compañeros, como borrachos o mal heridos, y los menos aparecían completamente erguidos y derechos. Estos eran los que se asían a las rejillas, y aun echaban fuera sus cintas rojas cual si meditaran una evasión arriesgada. En el más alto andamio de la sepulcral estantería, Jenara vio una colección de objetos que semejaban tinajas negras, alternando con otros que, si no eran avechuchos disecados, lo parecían. Eran los sombreros que había usado don Felicísimo en su larga vida, y que en aquel retiro estaban gozando de una pingüe jubilación de polvo y telarañas, ilusionados aún con remozarse y pasar a cubrir las cabezas de otra generación menos ingrata.

Todo lo que decimos iba pasando por la fantasía de Jenara, y después esta se fijó en la mesa, donde aquella noche había, no ya un montón, sino una cordillera de legajos por cuya recortada cima aparecía de vez en cuando la cara de don Felicísimo, iluminada de lleno por la lámpara, como luna que platea las cumbres de los montes. En aquella altura, que podría ser Calvario, estaba el Cristo de la espalda en llaga y del cuello en soga, y era de ver cómo volvía su rostro ensangrentado hacia la pezuña de macho cabrío, pidiéndole misericordia, y cómo no hacía maldito caso la pezuña, solo ocupada en oprimir duramente, cual si quisiera patearla, una carta en cuyo sobrescrito se leía:

Al señor don Jaime Servet. — Posada del Dragón.

XXIII

Jenara no vio tal carta. Llamáronla a cenar y cenó. Después doña María del Sagrario, siguiendo su tradicional costumbre, que por lo infalible debía haberse puesto en el Almanaque, se quedó dormida en un sillón, mientras Micaelita y Bragas, que acababa de entrar, se secreteaban de lo lindo en el comedor. La dama huésped esperó a que Tablas y la criada cenasen también para ir con aquel al rincón de los muebles viejos, donde solían hablar de cosas reservadas. Llegó la ocasión, y Tablas, que obedecía servilmente a la señora y era como un esclavo, por la cuenta que le tenía, contestó a las apremiantes preguntas de esta manera:

—Fue a las dos en punto. El señorito don José, el señor don Celestino y yo habíamos convenido en que las dos era la mejor hora. Yo di al carcelero las onzas que me dio el señor don Celestino y el carcelero pidió más, y le llevé más, luego dijo que no era bastante, y se le dieron otras pocas onzas. Al preso le llevé las mangas con galones de teniente coronel, y la gorra de cuartel, que eran el trapo para engañar a cualquier carcelero de sentido. Ya se le había llevado puñal y pistola y un cinto de onzas, que son la mejor brega para parar los pies a la justicia y hacerla que obedezca al engaño. El carcelero y yo habíamos convenido en correr el cerrojo sin echarle el gancho, y don Salustiano tenía ya una cuerda para descorrerle desde dentro. Para que no hiciera ruido, untamos de aceite al cerrojo. El preso salió: yo no sé cómo se las compuso para que no ladraran los dos grandes perros que se quedan todas las noches en el pasillo. Debió echarles pan o hacerles maleficio, porque aquellos animales no se empapan en el engaño. Ello es que bajó, y por la escalera se le apagó la luz y tuvo que volver a subir para encender otra. Yo le sentía desde abajo, y no me atrevía a ayudarle ni a decir esta boca es mía, por miedo a que los carceleros se escurrieran fuera percatándose del engaño. Todos habían recibido sus pases de dinero para que se atontaran; pero yo no tenía confianza y estaba con el alma en un hilo, esperando a ver qué tal se portaba la cuadrilla. Por fin, señora, apareció el preso en la sala de guardia de la cárcel donde estábamos varios, algunos vendidos y otros que no se habían dejado comprar, echándoselas de bravos y boyantes. Yo les había convidado a beber, y estaban un poco fuera de la jurisdicción del tino. Al ver al preso se quedaron pasmados. Venía con la capa terciada, enseñando la manga derecha y los galones de oro. En aquella mano traía un puñal, y en la otra la muleta, o sea un puñado de onzas. ¡Qué momento! Don Salustiano arrojó al suelo las onzas y amenazó con la herramienta, gritando: «¡Onzas y muertes reparto!... Allá voy».

Había sonado la campanilla, y Tablas, interrumpiendo su relación, corrió a abrir. Aquella noche venía más gente que de ordinario a la misteriosa tertulia de don Felicísimo, y la campanilla no sabía estar callada ni un cuarto de hora.