—Pues decía —añadió Tablas— que al ver las onzas por el suelo y el puñal en el aire, se quedaron todos parados, ciñéndose en el engaño sin saber si atender al oro o al hierro, al trapo o al estoque. Pero la mayor parte se fueron al capote y anduvieron un rato a cuatro pies. Otros quisieron cortar el terreno. Ya el preso tenía la llave en la cerradura para abrir la puerta... Esta llave se había hecho días antes por moldes de cera que yo saqué...

La campanilla volvió a sonar. Jenara hizo un gesto de impaciencia. Cuando después de abrir volvió Tablas, dijo a la señora con mucho misterio:

—Ahí está.

—¿Quién?

—El de ahí enfrente.

—¿Pero quién es el de ahí enfrente?

—El culebrón con pintas... Viene muy embozado en su capa, y le acompaña un cura.

—¿Pero quién?

—El que se casó con la jorobada, el degollador de España, Calomarde, señora.

—Bien, siga usted.