—Puso la llave en la cerradura; pero en esto, el bribón de Poela, que es el que había tomado más varas, quiero decir más onzas; se fue a él con muchos pies y le tiró a matar con un puñal. Felizmente no le hirió, porque el preso llevaba sobre el pecho la tapa de un misal. Pero con el encontronazo, la llave se le cayó de la cerradura y de la mano. Yo hice un cuarteo, apagué la luz, recogí la llave, se la di, abrió él a fondo, sin vacilar. En un mete y saca quedó hecho todo, y digo mete y saca porque don Salustiano, después de abrir, tuvo alma para sacar la llave, salir y cerrar por fuera. Lo que pasó en la calle no lo sé; pero, según entiendo, ya está ese caballero en corral seguro. En la cárcel hubo luego porrazos, caídas, puños y varas. Yo saqué un rasguño en esta mano. Vinieron dos Alcaldes de Casa y Corte, y estuvieron tomando declaraciones... a mí con esas. ¡Buen trasteo les dimos! Yo, aunque me citaban sus mercedes sobre corto y sobre largo, y a la derecha y a izquierda, no quise embestir a la palabra, y me callé como un cabestro.
Apenas concluyó el atleta, oyose allá en el fondo del pasillo una voz que decía: «¡Luz, luz!».
Era que aquella noche, como en otra ya mencionada, la lámpara que alumbraba el congresillo furibundo resolvió apagarse, y de nada valieron contra esta determinación autocrática las exclamaciones y protestas de don Felicísimo. Es fama que la luz comenzó a palidecer precisamente cuando la tertulia llegaba a su grado más alto de calor político y de cólera apostólica, por lo que, contrariados todos al ver que desaparecían las caras, clamaban en tonos distintos: «¡Luz, luz!».
Allá corrió Tablas, y sacando la lámpara les dejó completamente a oscuras, mas no callados. Salía de la sala un murmullo impaciente, del cual Jenara no pudo entender cosa alguna. Cuando volvió Tablas llevando en alto la lámpara encendida, como el coloso antiguo alumbrando el puerto de Rodas, la dama pudo ver por la entornada puerta las sombras que se movían en aquel antro blanquecino. Conoció a algunos, y haciéndose cruces, se apartó de allí y dijo:
—¡También don Juan Bautista Erro!
—Y el señor obispo de León —murmuró Tablas—. Es el que mete más ruido y el que, cuando yo entré, decía: «Para nada hace falta la luz».
—Tiene razón. Para nada les hace falta. Y si no que se lo pregunten a los topos.
Después de que supo cuanto podía saber de la evasión de Olózaga, intentó pescar algunas frases de las que en la sala se decían. Acercose y puso atención; pero el espesor de las antiguas puertas no permitía que se oyeran palabras. Aburrida, dio algunos paseos por el corredor blanco, en el cual los puntales interrumpían a cada instante la marcha, y los ladrillos del piso tecleaban bajo los pies. Sobre el yeso veíanse las correderas, que de noche salían de las infinitas grietas de la casa para hacer sus excursiones, y el gato corría cazando, trepaba por las vigas y desaparecía por ignorados agujeros, para reaparecer en la habitación más lejana, o bien se estiraba perezoso en el rincón de los muebles viejos, donde sus ojos brillaban como dos gotas de oro encendido. Cuando alguien andaba por los pasillos con paso muy vivo, sentíase un estremecimiento temeroso en la casa toda, y los puntales parecían temblar, como los músculos del atleta que hace un esfuerzo grande, y caían algunas cascarillas de yeso de las paredes y el techo. La cara tenía, pues, sus palpitaciones súbitas y sus corazonadas nerviosas.
Jenara se retiró a su cuarto y apagó la luz, fingiendo que se acostaba. Cuando los apostólicos salieron, y se fue Pipaón y se encerró en su dormitorio don Felicísimo, la dama salió envuelta en manto negro y andando tan quedamente, que sus pasos no se sentían más que los del gato. Vio a Tablas, le habló en secreto, indicándole que deseaba salir sin que nadie lo supiera en la casa, vaciló un momento el gigante; pero su venalidad fue también llave de aquella evasión, no tan cara como la de Olózaga. ¿A dónde iba la aventurera? ¿A su casa que continuaba puesta y servida, como si ella estuviera de viaje, o a otra parte misteriosa y no sabida de ser alguno vendido ni por vender? Lo ignoramos. Este es un punto en el cual todas nuestras pesquisas y diligencias han valido poco, y al tratarlo sin conocimiento nos ocurre decir, como los apostólicos: «¡Luz, luz!».
Al día siguiente muy temprano, cuando don Felicísimo y su hermana se levantaron, Jenara estaba en casa; pero salió muy tarde de su habitación, porque había pasado, según indicó, muy mala noche. Cuando fue a saludar a Carnicero, este le dijo: