—¡Qué mala noticia tenemos hoy! Ese bribón de Olózaga, que se escapó de la cárcel de Villa, no parece. Se ha revuelto todo Madrid... ¡Ah!, es que no se habrá revuelto bien. Si la policía supiera cumplir con su deber... Por cierto, señora mía, que anoche uno de los amigos que me honran viniendo a mi tertulia me habló de usted... Por de contado, señora, ni las moscas saben que está usted en mi casa.
—¿Y no se puede saber por qué motivo me tomó en boca ese amigo de usted?
—Ese amigo —dijo Carnicero— sostiene que usted debe saber dónde se oculta Olózaga.
—¿Yo? Su amigo de usted es tonto rematado. ¡Qué sandeces se permiten algunas personas!
Y no dijo más porque, habiéndose acercado a la mesa de don Felicísimo, tenía los cinco sentidos puestos en el sobre de la carta que bajo la pezuña estaba.
—Tablas, Tablas —gritó a la sazón el anciano—. Pero, hombre, ¿que nunca has de estar aquí cuando haces falta...? Toma, ve, corre, lleva esta carta a la posada del Dragón.
Y levantó la pezuña de macho cabrío para tomar la carta, que, violentamente oprimida por aquel pesado objeto, parecía hallarse a punto de reventar echando fuera todas sus letras.
—Pues sí, señora mía —prosiguió don Felicísimo luego que marchó Tablas con el recado—. Eso me decía mi amigo, y me lo repitió tres veces... «Ella debe saberlo, ella debe saberlo, y ella debe saberlo...». Y que le apearan de esto.
—Su amigo de usted —replicó Jenara— será un gran farsante y un perverso calumniador, porque esto envuelve una calumnia, señor Carnicero.
Y era verdad que la dama aventurera no sabía dónde se ocultaba el que después fue insigne tribuno y jefe de un partido. Siendo ella una de las personas que más ayudaron en el oscuro complot de la evasión, no fue partícipe del secreto del escondite, el cual, por excesivamente delicado y peligroso, no salió de la familia. Hoy se sabe que Salustiano, al salir de la cárcel, cerrando por fuera la puerta, tropezó con un nuevo obstáculo, el centinela. Estaba concertado que un amigo, fingiéndose asistente del supuesto teniente coronel, entretendría al centinela contándole cuentos. Pero este amigo había faltado, y el centinela se paseaba solo a la claridad de la luna, que aquella noche brillaba de un modo tan poético como importuno. Un buenas noches, centinela, pronunciado con serenidad asombrosa, salvó a Salustiano de este nuevo peligro. Avanzó tranquilamente, y en la esquina de la calle de Luzón se le unió un amigo que le aguardaba. Por las calles menos concurridas se apartaron a buen paso de la cárcel, dirigiéndose a la vivienda destinada a servir de refugio al fugitivo, la cual era una sombrerería de la Puerta del Sol. Llegaron al centro de Madrid, y vieron que en el Principal se agolpaba la gente. Ya se tenía allí noticia de la escapatoria. Olózaga tuvo que dar un rodeo de un cuarto de legua para dirigirse a la sombrerería, entrando en la Puerta del Sol por la Carrera de San Jerónimo, y al fin se vio seguro en el asilo que se le había preparado. Baráibar se llamaba el sombrerero, patriota generoso, que guardó el secreto con fidelidad admirable y supo arrancar al absolutismo una de sus víctimas. Escondido en el sótano de la tienda, estuvo Salustiano muchos días, mientras se preparaba el no menos difícil ardid de ausentarle de España. Había trocado una prisión por otra; pero en esta última, la esperanza, la idea de libertad y de triunfo, le acompañaban en las solitarias horas. Por las noches, contra la opinión de su amigo Baráibar, que temblaba con las temeridades de Olózaga, este se disfrazaba hábilmente y se salía del sótano y de la casa, no precisamente para pasearse por Madrid, sino para correr a misteriosas citas, en que no tenía participación la política. Como estas atrevidas expediciones nocturnas son de un carácter reservado, debe interponerse entre ellas y la luz de la historia la pantalla de la discreción; y así, doblando esta página, solo escribiremos en ella: «Oscuridad, oscuridad».