Acababa de despachar Su Paternidad un bodrio y dos azumbres que le habían puesto para que cenase, y después del pienso, no tenía al parecer la cabeza muy serena. Sin embargo, no me trató mal. Díjome que el señor Regato le había informado ya de quién era mi acompañante, y que en vista de sus antecedentes y circunstancias, no podían soltarle. Púseme furiosa: yo me creí capaz de destrozar solo con mis uñas a aquel tremendo fraile coronel, cuyas barbas y salvaje apostura ponían miedo en el corazón más esforzado. Sin miramiento alguno le increpé, diciéndole cuantas atrocidades me vinieron a la boca y amenazándole con pedir su cabeza al rey; pero ni aun así logré ablandar aquella roca en figura de bestia. Oyome el bárbaro con paciencia, sin duda por ser más fraile que guerrero, y resumió sus resoluciones diciéndome:

—Usted, señora, puede ir libremente a donde le acomode; pero ese hombre no me sale de aquí.

¡Ay!, si yo hubiera tenido a mis órdenes diez hombres armados, habría atacado al batallón, cuadrilla o lo que fuera, segura de destrozarlo: que tanto puede el furor de una hembra ofendida. Volví a la venta, resuelta a sacar de ella a Salvador con mis propias manos, desafiando las armas de sus guardianes; pero cuando entré, mi compañero de viaje, mi adorado amigo, mi pobre marqués de Berceo, había desaparecido. Le llamé con la voz ronca de tanto gritar; le llamé con toda mi alma; pero no me respondió. Una mujer andrajosa, que parecía tan salvaje y feroz como los hombres que en aquel pueblo vi, salió conmigo al camino, y señalando a un punto en la oscuridad del espacio negro, dijo sordamente:

—Allí.

Y mirando hacia donde su dedo me indicaba, vi unas grandes sombras que parecían murallones almenados y como ruinas hendidas. Pregunté qué sitio era aquel, y la desconocida me contestó:

—El castillo.

La mujer, llevando una cesta con provisiones, marchó en dirección del castillo. Yo la seguí. No tardamos en llegar, y por una poterna desvencijada que se abría en la muralla, después de pasado el foso sin agua, penetramos en un patio lleno de escombros y de hierba.

—¡Aquí, aquí le han encerrado! —exclamé mirando a todos lados como quien ha perdido el juicio.

La mujer se detuvo ante mí, y señalando el suelo dijo con voz muy lúgubre:

—¡Abajo!